Valparaíso

Como si Gulliver se hubiera puesto a jugar con los contenedores coloreados de los barcos, apilándolos en terrazas por los cerros hasta llegar al mar, así es Valparaíso.

Son tantas las viviendas que ya no se ve la tierra, sino cajas como de zapatos bajando casi en vertical hacia el océano que hoy, día de Navidad, es de un color grisáceo que recuerda al estaño. Ni un alma transita por la calle. Todos los comercios están cerrados y sólo algún colmado que hace esquina está abierto pero donde, aunque anuncien en una pizarra puesta en la calle que hacen pruebas de embarazo, no te venden ni una aspirina. Hay que buscar una farmacia, la Cruz Verde, nos dicen.

Fue en la puerta de “La Sebastiana”, la casa de Neruda en Valparaíso, donde me doy cuenta de que no puedo dar un paso más por la fiebre. La casa, claro, estaba cerrada, igual que ya me sucediera otra Navidad de hace diez años, al quedarme a las puertas de “La Chascona” en Santiago de Chile, una casa que es toda nostalgia marinera, porque también parece un barco como ésta, y donde leí aquellos versos que no he olvidado: “Se trata de que tanto he vivido/que quiero vivir otro tanto”.

También aquí había frases por todas partes, una en especial de la infancia que no recuerdo bien ahora, … para un niño la infancia es hoy… no estoy segura, demasiada fiebre, casi cuarenta, como para pensar en tomar nota o hacer una foto. Allí se quedó la casa y los poemas, y un árbol que parecía un jacarandá sudafricano, y allí se quedó también mi sueño de ir a Isla Negra, y ver así la tercera casa de Neruda sin entrar en ninguna de ellas.

Lo que sí me quedó muy claro es que Neruda, como todos los porteños de Valparaíso, aman por encima de todo la vista del mar. Da igual que la casa sea pequeña, destartalada, de arquitectura imposible, de colores extravagantes, de techos bajos, de pasillos estrechos, de habitaciones diminutas, todo da igual, si la vista es buena. La vista es la casa de los ojos.

Yo diría que en Valparaíso no hay una lucha ni por la existencia ni por el espacio, aunque el amontonamiento de viviendas en escalera que termina en el mar pudiera dar esa idea. No. Lo que hay es una lucha por la vista del océano. Todo se admite, la pobreza, la suciedad, los cables de la luz por el aire, las aceras rotas, las escaleras de cemento pintadas, todo vale si se puede ver el mar. La gente, la poca que había, es también muy marinera, muy de puerto. De piel muy oscura, recuerdan a los indios, pero indios marineros. Hablan un español muy particular, con una musiquilla que es la del mar yendo y viniendo, y que a los que no somos de Valparaíso nos cuesta entender como si su hablar estuviera hecho para el agua y no para el aire.

Pienso ahora en Valparaíso y me duele el corazón de no haber tenido fuerzas para recorrer sus calles empinadas, para perderme después por la costa buscando los lobos marinos que dicen que se acercan de vez en cuando. Lo único que vi fue la playa de Recaña y la de Concón, adonde está llegando sin compasión un urbanismo salvaje de rascacielos, destrozando unas dunas hechas de una arena tan oscura que parece tierra.

Hay una especie de árbol muy antiguo que se llama bellotero y que se da en esta zona de la costa que han empezado a convertir en una tumba para la Naturaleza, mientras contemplan los porteños desde su ventana ese desierto de agua que es el océano.