2013

Era todo llanto al acabar el año.

Se diría que el vaho de los 365 días vividos se condesaba de pronto en los ojos de mi abuela Mary para convertir en lágrimas los días ya pasados. Lloraba todas las Nocheviejas. ¿Qué pensaba? ¿Por qué lloraba tan desconsoladamente? ¿Era de alegría? ¿Era de pena? Jamás se lo preguntamos. Ella sencillamente lloraba y nos abrazaba como si fuera más consciente que nadie, mi abuela Mary alcanzó los cien años, de la manera en la que el tiempo, ese vendaval, pasa.

Mi otra abuela, Paz, a la que jamás vimos llorar por nada, era mucho más discreta. Vivió ciento un años. Seguramente, llorar en público le parecía una ordinariez, o quizás es que ella estaba más acostumbrada al sufrimiento pues quedó huérfana con dos años y perdió a su marido, mi abuelo, cuando era muy joven. Yo ni siquiera llegué a conocerlo. Cayó por un barranco con un coche, que él no conducía, en un invierno en el que, en Asturias, nevaba y mi madre, que le esperaba para que la llevara a una fiesta, siempre dice que cuando le dieron la noticia pensó que jamás en la vida volvería a reírse. Es curioso cómo se van cerrando en un círculo los sucedidos porque la casa que vine a alquilar a Madrid, resultó que los dueños, mis caseros, eran los descendientes del conductor que llevaba el coche en el que murió mi abuelo. A veces he pensado que por eso me encuentro tan a gusto en esta diminuta casa de infinitas y maravillosas vistas, porque de alguna manera, mi desconocido abuelo, tiene que ver con ella.

En realidad, es éste todo mi resumen del año que acaba, pues es el primer año que paso entero en la ciudad tras vivir veinte en el campo. He contemplado aquí cómo florecían los castaños de Indias y cómo se oxidaban las hojas en otoño para caer finalmente dejando una maraña grisácea de ramas. Cómo en verano florecían entre las rejas unas enredaderas blancas llamadas velos de novia, o los aligustres que dan en las mañanas de julio un aroma inocente a la calle. He visto llegar y marcharse a los vencejos, pasar las grullas sobre los edificios, volar los ánsares sobre los tejados. Me he sorprendido con exposiciones memorables como la de Dalí en el Reina Sofía, o la de Klee en la fundación Juan March. He asistido a exposiciones interesantísimas como la de Blas de Lezo en el Museo Naval gracias a la que supe por un libro que contaba su biografía que las mariposas con números, igual que la de una foto que me enviaron de Colombia en la que salía una mariposa con un 89 en las alas, se tenían en cuenta en Cartagena de Indias para jugar a la lotería. Cosa que hice, por supuesto, y me ha tocado, claro que sólo cien euros; pero sí, el número 1389, ha tenido premio este año que se acaba y que contiene, o más bien contenía, uno de mis números preferidos: el 13.

¿Qué ha sucedido este año para mí de importancia? Quizás la mayor toma de conciencia de cómo pasa la vida, más aún en la ciudad que en el campo.

Empiezo a comprender por qué lloraba Mary en el momento de tomar las uvas, el llanto de la impotencia, de no poder hacer nada para detener el tiempo, ni siquiera cuando abrazas a los que amas.