Lotería de boj

He leído que las bolas de la lotería son de madera de boj.

Cuando hago por Navidad una corona para la puerta suelo hacerla con boj, aunque este año, por estar lejos, he utilizado ramas de olivo con sus aceitunas ya enveradas, de un malva muy oscuro, de las que forrajean los zorzales, esos malvises de plumaje claro que tienen el pecho moteado como si se hubieran manchado en el olivar de aceite.

La madera de boj posee tal dureza que cuando se pule queda lisa como una piedra. Incluso las ramas más tiernas, las del año, cuesta un mundo doblarlas para que hagan la curva de la corona. Una sola de estas varas, clavadas a tierra, daría con el paso del tiempo todo un árbol cuya esperanza de vida se calcula en seis siglos. Sin embargo, el porte del boj que llega a árbol no es muy elevado, de ahí quizás su dureza, al contrario del eucalipto que es todo altura y apariencia porque llena el pasar del tiempo con celulosa, agua y aire.

El boj es enjuto, prieto, de una sombra tan espesa que incluso en el día más despejado se diría que es de noche porque las hojas no dejan pasar la claridad, hasta el punto de mirar hacia arriba bajo el bosque de bojes y no ver el día sino la noche de la sombra, cuajada de una suerte de estrellas que recuerdan a las de la vía Láctea y que no es más que la luz del sol hecha trizas entre las hojas de los bojes.

No recuerdo ahora que Cela, quien tituló un libro “Madera de boj”, mencionara su utilización para las bolas de la lotería, pero sí llevo en la memoria su frase sobre los jaramagos: “Los jaramagos nacen en las escombreras y con su flor amarilla alumbran la pobreza.”

De alguna manera, confiar tanto en la suerte es un síntoma de pobreza. Es una manera inocente de querer doblarle el pulso al azar, cuya madera es mucho más dura que la del boj pues no se deja pulir, ni cortar siquiera una rama. El azar, de vez en cuando, hace de las suyas, pero no cuando vas a buscarlo. Al azar le gusta llegar cuando a él le apetece. Es la cosa más indómita que existe, por eso es azar, si no, sería destino. Frente al azar, tan fugaz, está muy infravalorada la rutina, ese no pasar nada que es lo mejor que nos pasa en la vida.

Creo que han procurado que todas las bolas de boj pesen lo mismo, pero lo que jamás podrán igualar son sus vetas, distintas en cada una, donde se podrá leer cómo fueron de lluviosas las primaveras que dieron esa madera.

Vengo de renovar el DNI y por vez primera no he tenido que mancharme el dedo con tinta, ahora que es ya electrónico, pero ahí han quedado mis huellas dactilares de siempre, hasta el final, desde el principio. Esa es toda nuestra suerte. Ese es todo nuestro azar en la vida, ese lapso de tiempo, a veces de una dureza infinita.

Lo único seguro es que llevamos vetas inimitables, como las de una bola de boj dando vueltas en el sorteo de la lotería, en las yemas de los dedos.