La meseta escarchada

Los cardos parecían flores, las vallas encajes, con la escarcha.

Vengo de recorrer la meseta como si viniera de Siberia porque allí donde había un río y la suficiente niebla como para que el sol no fuera más que una bombilla empolvada, se había formado un paisaje que jamás había visto con tanta profusión como hoy, todo blanco de escarcha por la niebla engelante.

Es como si este sol del anticiclón trajera el hielo del que dicen que están hechos los cometas para dejarlo sobre las cosas y recordarnos que no somos sólo ceniza, sino también hielo, como este que se posa bajo la niebla y que no se deshace ni a mediodía, de manera que los chopos deshojados se ven al pasar tan blancos como los cerezos florecidos en primavera; y los pinos, parecen encinas, por la redondez de sus acículas recubiertas de blanco. A las retamas que hay a los lados de la carretera, ni se las reconoce, que incluso las semillas en legumbre negras, están brillantes y blancas. No parece real lo que estamos viendo. No tanto por la escarcha sino por la cantidad que hay de ella sobre la vegetación y las cosas. Y por su exquisita perfección. Al contrario que la nieve, que es más burda, pues no pretende más que dejarse caer hasta acumularse, la escarcha se detiene con cuidado en cada arista y cada forma, se diría que incluso brilla más, hasta el punto de resultar, por su perfección, casi artificial en el paisaje entre la niebla, blancas completamente las choperas, blancas las retamas, blancos los pinos, blancas todas las hierbas secas. La tierra en cambio, sigue oscura. Quizás los terrones están congelados por dentro, pero su apariencia es marrón, o roja, o amarilla, según por donde pasamos. Y todo lo que orla al campo, blanco de nuevo, haciendo de los recuadros, marcos que parecen de merengue.

Así kilómetros y kilómetros por la meseta castellana donde seguramente hay municipios donde llevan sin el ver sol, bajo el anticiclón, varios días. Y cuando lograba asomarse un poco, aparecían los milanos reales con sus colas ahorquilladas, y esas dos manchas blancas como dos soles que tienen en la oscuridad de las alas, sobrevolando la carretera donde no se veía casi nada, más que blanco y blanco y blanco, la obra de arte de la escarcha. Pasando por Villafáfila, alguna tabla de agua que humeaba como si estuviera la laguna hirviendo pero era otra niebla que quería convertirse en hielo para ser al menos algo sólido, por unas horas, o unos días, en el mundo.

Como un escenario de cuento es hoy esta meseta que en otras ocasiones no me dijo nada. A los lados, la remolacha ya recolectada y amontonada, para solearse y que pese menos para el transporte aunque ahora, tendrá que esperar a que se deshaga esta noche blanca de los días neblinosos de escarcha.