Un lugar es un sentir

Me recuerda mi regreso a la película “Regreso a Howards End” porque escribiría de esta casa igual que hablaba su dueña en la cinta, con auténtica veneración, casi como si fuera un palacio aun siendo una casa tan pequeña, pero a la vez tan verdadera y silvestre como las flores de la cuneta en junio.

El jardín me lo he encontrado con esa belleza que sólo poseen los jardines abandonados a su suerte, las hortensias todavía florecidas de azul pero con algunas tonalidades violáceas que hablan del frío que hace ya de madrugada. Atardece. Hay que darse prisa para poner la casa a punto antes de que se haga de noche. El técnico de la caldera estaba, menos mal, esperándonos en la puerta. Me costó abrir la cancela, de la cantidad de hojas que había sobre el suelo y por un momento creí que habíamos llegado tarde para contemplar el otoño que planté en esta tierra donde casi todo es verde, pero al mirar hacia arriba vi que el haya tenía todavía todas sus hojas en las ramas con un ocre y amarillo que me llenó de calor el alma. En realidad, yo vengo para alimentar esa alma que no vive si no pasa por aquí de vez en cuando. No es ya que esté aquí la vida de nuestros últimos veinte años, es que me he ido dejando el pensamiento en cada cosa que he observado de la Naturaleza alrededor de esta casa. A veces creo que donde de verdad vivimos no es un lugar, sino en los pensamientos que nos provocan un sitio determinado, y que volvemos a él porque queremos estar en el lugar en el que también están, o estuvieron, nuestro mejores sentimientos. Que un lugar es un sentir y un pensar.

Mientras el técnico conseguía que la caldera de la calefacción sonara a música celestial, que es un murmullo para mí más dulce que el canto del mirlo de río en invierno, mi hijo pequeño y yo, antes que deshacer las maletas o abrir las ventanas, nos pusimos a encender el fuego como si le fuera a la casa, y a su corazón, que es la chimenea encendida mientras el día se apaga, la vida en ello. Poco a poco el aliento helado que nos encontramos se fue transformando en la calidez del hogar que recordábamos. Luego llegó el pedido con la compra y al encender también la nevera y la cocina, lo que era una casa fría y desangelada empezó a henchirse de olor a leña y a caldo como si nunca nos hubiéramos ido.

Salí a buscar algo afuera y me asombré, igual que si lo viera por vez primera, al encontrarme el cielo de diciembre con tantas luces como si tuviera una ciudad iluminada en Navidad por techo. Las hojas murmuraban a mis pies mientras caminaba a oscuras por la noche sin luna, pero no tenía miedo.

Estoy en casa, de vuelta al lugar de mis pensamientos.