Steve Jobs y la belleza

Me ha decepcionado profundamente la película dedicada a Steve Jobs, titulada “Jobs”, y que es el tercer y, con suerte, el último largometraje de Joshua Michael Stern.

Vaya por delante que no tengo iPhone, ni iPad, ni Mac, ni ningún otro producto de la marca Apple, aunque me estoy planteando adquirir uno al comprobar la animadversión, tan descarada que emana resentimiento, con la que describen en esta película a un personaje que fuera contemporáneo nuestro, Steve Jobs, tras dos años, se cumplen el sábado, de su fallecimiento. “Nadie quiere morirse, ni siquiera los que van al cielo” dijo en su memorable discurso en la Universidad de Stanford. También nos contó que al final todos los puntos se unen, pero que es después, mirando hacia atrás, y no mirando hacia adelante, cuando consigues unirlos.

Pues bien, uniendo los puntos al final de esta película, se llega a la conclusión de que los muertos no tienen derecho a la propia imagen ni a la dignidad ni a la intimidad, porque ¿qué puede haber más íntimo que lo que has sido cuando ya has muerto? ¿Cómo es posible que alguien pueda coger dos retazos de tu vida, con el testimonio de quien sigue vivo para contarlo, para dibujarte a su antojo, haciendo de tu ser una caricatura? Y una caricatura torticera y malvada. ¿Por qué, me he preguntado más de una vez, no tienen derecho al honor los muertos? Más aún cuando tus hijos aún viven, y más cuando tú ya no puedes defenderte. Porque toda la película, o en gran parte, no es más que un insulto, una venganza que, lejos de ser fría, rezuma la tibieza de los cobardes que han esperado a que muera Steve Jobs para empezar a rodar este largometraje y dormir, en su mediocridad, tranquilos. Porque sólo de la mediocridad, puede surgir un engendro parecido, un empeño infantil de intentar convencernos de que no hay que hacer algo que merezca la pena porque nos volveremos malvados, despiadados, injustos con los que nos rodean. Un aviso a navegantes que dice al rebaño: ni te atrevas a ser distinto o te volverás, como Jobs, un ogro.

Qué pena que hayan pasado tan por encima de la belleza. De la belleza que hay en la trasera de los muebles donde Jobs ponía la mejor de las maderas aunque nadie la viera porque Dios o alguien o algo que no sabemos qué o quién es, en la oscuridad, lo ve. Así es como trabajan los artistas. No para los demás, ni para sí mismos, ni para cambiar el mundo, ni siquiera para el mecenas que les da de comer. No se sabe para quién trabaja la obra arte. Pero sí quién o qué la impulsa: la belleza, la incansable búsqueda de la inaprensible e inmortal belleza. La belleza que Jobs veía en un campo de avena a la luz de la tarde, o entre las hojas de los álamos moviéndose con el viento. La belleza de lo que se ha perdido, de la vida que se marcha, y que se queda en algunas cosas, aunque sólo sea en la tipografía, hermosa, de unas letras.

Hay personas que ven la belleza, como le sucedía a José Hierro, en la manera en la que gira una rueda y después, ese girar, que parecía no servir para nada, era justo la pieza que le faltaba para cerrar, redondo, un poema. Esas cosas insignificantes que significan todo, la manzana, Apple, que le cayó a Newton, o el retrato de Einstein sobre la chimenea de una casa tan desangelada como la de “Ciudadano Kane” y que nos habla de su “Mi visión del mundo”; con el posesivo, tan importante, delante, y también de Julián Marías, cuando decía que la individualidad era desde donde se podía llegar a los demás.

Lo bueno de esta película es que nos falta otra que nos cuente las cosas desde un punto de vista más generoso, menos acomplejado porque ésta no tiene ni una pizca, siquiera una pizca, del genio que intenta describirnos.