Los días se acortan

Tengo puesto el corazón en mil cosas que empiezan mientras se acortan los días.

Hace ya algo de fresco cuando me despierto y el amanecer es menos rojo y más desvaído y sopla una brisa de la sierra, más fría. También el sol es menos sol como si saliera con menos ganas, cansado de la luz y de sí mismo, de ser Sol un día y otro. Me encuentro en la terraza con la jarra de la cena del fin de semana que se me había quedado allí olvidada y le echo el agua al helecho que me traje de Galicia como si así, de lejos, pudiera apagar los incendios que asolan sus montes.

Miro hacia el Retiro y los castaños de Indias tienen en las hojas un rojo de fuego, de óxido, de herrumbre, por el falso otoño que vivieron durante el verano mientras alimentaban, exhaustos, el verdor de unos frutos que ahora, en la oscuridad de la copa, relucen en pleno día como si de estrellas en la noche se tratara. También el árbol entero destaca hoy en el parque por encima de todos, como si hubiera empezado a hablar, o a decir algo el primero, entre el verde mudo del resto.

Si miro hacia el norte lo que veo son, contra la pared de la terraza, al sol ya tan temprano, dos olivos en maceta cargados de aceitunas, lo cual me hace gracia porque los dos olivos que me regaló un amigo y que planté en tierra no me han dado más que azofairones, flores y frutos estériles hasta el momento, y eso que se trata de un muy buen amigo; y sin embargo estos que compré con muy poca fe para que me acompañaran resulta que han florecido profusamente y se han cubierto de unas aceitunas que estoy esperando a que maduren para ver qué pájaro, o qué animal viene a comérselas.

Ni siquiera en lo alto de una terraza, un recurso queda sin ser aprovechado. Tarde o temprano, siempre aparece alguna especie que lo forrajea, como los zorzales que, con el viento del sur, entran estos días por Cantabria hacia los olivares andaluces. Migran los zorzales de noche y se llaman unos a otros con la luz de su voz: malví-malví-malví, por lo que a estas bandadas de pájaros también los llaman malvises. Son más claros que oscuros, del tamaño de un mirlo, algunas especies de zorzal, como el charlo, incluso mucho más grandes, y tienen el pecho moteado, salpicado de oscuro, como si en el olivar se hubieran manchado las plumas de aceite.

Lo que daría yo por ir a verlos. Aunque solo fuera cuando duermen de día en los campos de repollo donde caen cuando amanece.

Cuántas cosas pasan cada día que se me pierden como agua entre las manos, pájaros, hojas, estrellas, soles, peces, cantos, flores, diminutos animales, mientras espero con el corazón en mil cosas, y mientras los días, imparables, se acortan.