La marisma

Lo que más llama la atención es el silencio del agua.

Un silencio lunar porque es la luna la que hace que entre y salga de la marisma de manera constante hacia arriba y hacia abajo, aunque parezca estar siempre quieta.

Se nota que se ha ido el agua al mar porque se quedan las orillas llenas de una arena tan fina que es una suerte de fango, de limo, al que ni se te ocurre acercarte porque es como las arenas movedizas donde, si pisaras, la única manera de salir sería dejando allí las botas.

Entiendes por qué los patos tienen las patas palmeadas, más que para nadar en el agua, para no hundirse en estas orillas y de lejos y con prismáticos ves las cercetas posadas en bandadas con un rojizo de otoño en el plumaje. Una garza imperial, ya en tierra firme, sobre un montículo de hierba, mira fijamente pasar el agua como si quisiera ensartarla con la vista. Alguna gaviota hay también de por medio, pero es el conjunto, su paz, su tranquilidad a la orilla del agua mientras sube que no puedes más que pensar que aquí, en la marisma, el tiempo se ha detenido.

Desde mi escondrijo, en un comodísimo y maravilloso observatorio ornitológico que acabo de descubrir dentro del Pazo de Mariñán, de pronto, me acuerdo de África, y de unos patos que estaban también como éstos mirando al sol desde la orilla cuando de repente salió de la laguna un cocodrilo y se comió a uno de ellos. El pato parpaba desesperadamente pero lo que llamaba la atención no eran sus reclamos sino el silencio del resto de la bandada, su parsimonia, mientras el pato era devorado. Ni siquiera salieron volando, ni se apartaron un poco, ni dirigieron una mirada de curiosidad al que hasta hacía unos segundos había sido su congénere y su contemporáneo. No sé por qué esta escena me impresionó tanto, esa indiferencia que sin embargo he vivido en ocasiones muy distintas y a las que siempre he tratado de buscar una explicación lógica, para concluir: “Ah, claro, son patos”.

Me ha encantado esta cercanía con la marisma, ese lugar donde el mar y la tierra se mezclan, y donde he podido ver de cerca unas plantas que había estudiado, las salicornéas, esas plantas con cuernos de sal, auténtica sal sobre sus hojas y que ahora empiezan a adquirir un tono tan rojo que en Galicia las llaman corales. Hay por Mariñán también unos ejemplares de árboles que merece la pena contemplar por su envergadura, cipreses, eucaliptos que son los más antiguos de España y plátanos y robles que destacan aún más porque al fondo, está la marisma, con sus zoosteras, plantas que parecen algas sumergidas, y sus carrizos marinos y toda suerte de aves limícolas y también terrestres, como un ruiseñor rojizo que se escondió de pronto entre las hojas de unas acacias.

Cuando te acercas a la rampa del muelle, consigues abrir la puerta y antes de entrar hasta la misma orilla de la marisma donde descansa, poéticamente sobre el limo alguna barca azul y vieja; hay una losa con forma de onda de agua en mármol blanco sobre la piedra oscura donde muy limpio y muy claro dice: AQUÍ LA NADA.

Aún no sé qué significa pero al mirar la marisma, viva y desolada al mismo tiempo, y no ver dónde acaba, de alguna manera, lo entiendes.

La nada y el infinito siempre estuvieron cerca. Quizás en la marisma.