Ramas de Manuel Martín Ferrand

Se me ha llenado el verano de ausencias.

Igual que se van quedando las ruinas como las del monasterio que hay a la entrada de Betanzos, frente al lavadero donde una garza ensarta truchas mientras la ropa se clarea al sol y se seca al viento, con un arco enmarcando el portalón que se diría que fuera un ojo, un arco de piedra de un río que, en vez de agua, tuviera la tierra que ha caído a lo largo de los siglos, quedando arriba lo nuevo; así me siento yo a estas alturas de la vida, con medio cuerpo ya enterrado, mientras sobre los alegres veranos que me quedan, van cayendo inesperadamente las tristezas.

Llevo en el asiento de atrás del coche un ramo de ramas al que le he puesto un chal por encima para que no le dé el sol, esa estrella que da la vida y que mata, y para que vaya lo más fresco posible y no pierda la humedad del norte mientras se adentra en la meseta, más llana y más cerealista de lo que yo la recordaba cuando vine hace unas semanas. La carretera está vacía. No hay tanto tráfico como debiera para la operación retorno, y los kilómetros se me pasan volando mientras leo en voz alta las columnas de los grandes periodistas con los que comparto el espacio de papel en ABC, y también aquí, dos lugares en los que escribía hasta hace sólo unos días Manuel Martín Ferrand.

Cuando Pablo Sebastián me llamó para escribir en republica.com hace tres años, pensé: si escribe Manuel Martín Ferrand es buen sitio, como así ha sido. Aquello de coincidir te daba además la oportunidad de encontrártelo en alguna cena, o en la inauguración de un máster, donde daba una clase magistral no sólo por lo que decía sino por cómo lo decía, de tal manera que los demás nos quedábamos callados, porque con Manuel Martín Ferrand no se podía más que escuchar. Iba al grano, y si había circunloquio era, no para adornar, sino para ir trazando como las curvas de una diana que situaban el final del artículo en el centro, para disimular a fuerza de ondas que era justo ahí donde terminaba. Detestaba la pirotecnia final y, si no me equivoco, también el artículo circular que empieza como termina: dejaba el lazo abierto como para que siguiera en nosotros lo escrito. Era un maestro. Prefería enseñarnos a que viéramos cuánto sabía. La generosidad la llevaba consigo. Decía que haberme casado con un gallego me había mejorado sin duda. Y tenía razón. De esta tierra he aprendido una discreción que aún así, a veces me salto, como en esta ocasión recopilando ramas, en vez de flores, porque las flores son sólo metáforas.

Ramas de roble, de ameneiro con sus bellotas, de tilo con las lengüetas rojas sosteniendo unos frutos como cerezas verdes, el tejo sagrado de los celtas, el laurel, no el romano de los césares, tan lustroso e insípido, sino el discreto laurel del monte con el que se cuecen los percebes, y el castaño, lleno de erizos de un verde muy claro con las castañas ya dentro.

Me salió un ramo tan grande que parecía un árbol. Lo siento, maestro, me fui por las ramas. Las que traje de Galicia y puse en los brazos de tu hermosísima mujer Rosalía.