La merienda

Al bajar esta mañana por el camino me encontré a Eliseo con su caballo, el sombrero de paja puesto y una bolsa de tela en la mano donde llevaba no sé si migas de pan o los restos de algún bizcocho.

El prado donde pasta su caballo, que en realidad es de su nieta pues es quien lo monta, es un prado tan inclinado, tan cortado casi verticalmente hacia el río que se ve mejor el telón de fondo del monte de enfrente, siempre verde, que el pasto agostado donde lo más llamativo ahora son las zanahorias silvestres que orlan el camino y que dan unas flores en umbela, como sombrillas blancas, con una flor oscura en el centro que sirve de cimbel, de pista de aterrizaje para los insectos y cuyos frutos y semillas dispersa el caballo con sus movimientos. No hay más que seguir a estas flores para saber cuál es su ruta por el pasto. El borde del camino, delimitado por un cordel, es lo que está más florecido como si el caballo fuera allí constantemente para mirar si ya viene Eliseo con su sombrero de paja y su bolsa de tela y su sonrisa.

También me gusta cruzarme con Antonio cuando va despacio a dar de comer a las gallinas y lo veo venir con un cubo azul en la mano mientras las gallinas echan a correr hacia él a toda velocidad en fila india, porque el gallinero tiene forma de pasillo, como si por correr más ellas, Antonio fuera a ir más deprisa.

Ramón, más que pasar, pasea, siempre mirando hacia abajo, como si buscara sus pensamientos perdidos por el suelo, pero alza la vista si le saludas y aunque, con gran esfuerzo, sonríe, e incluso conversa si le das palique. Le encanta hablar aunque siempre esté callado. Sobre todo si le hablas de nidos o de pájaros.

De Manuela, me gusta la manera en la que se apoya en la ventanilla del coche cuando te paras, y cómo te mira con sus ojos azules sonrientes, siempre a pesar de todo, mientras busca entre sus palabras alguna conclusión positiva y si lo que le estás comentando es una desgracia, lo transforma de inmediato en la cosa más natural del mundo: “Bueno. Tarde o temprano, todos hemos de morir”. Es como si habiéndolo visto casi todo en esta vida, nada pudiera ya sorprenderla, y mucho menos la muerte, tan previsible. También cuando murió Antonio, el cesteiro que tuvo un hórreo hecho por él mismo con varas de castaño casi sepultado por las ramas de una higuera; cuando murió, escribía, justo a los pocos días de morir su esposa, Ramona, Manuela sentenció: “Tenía que ser así: uno detrás del otro”.

Le recuerdo a Manuela, entre nuestras filosofías profundas de mitad del camino, que la merienda es el miércoles y que vengan todos. “Te llevaré un buen queso”, me dice, y me despido sabiendo que me traerá el mejor queso que tenga.

La merienda, la hemos retrasado hasta las ocho por ella, para que tenga tiempo de ordeñar las vacas. La haremos en las cuadras, donde estaban los caballos, que al final era el mejor sitio de la casa por estar orientado a poniente, y por la vista.  No se ve ya desde allí el mar porque los eucaliptos y los pinos de los montes han crecido tanto que el verde tapa el azul de la ría, donde este año también están entrando los delfines mulares de dorso gris oscuro y de vientre clarísimo;  pero se intuye mucho paisaje a lo lejos mientras atardece. Aún así, se diría que el océano queda a años luz aunque esté a la vuelta de la esquina, de lo rural que es todavía esta aldea.

Incluso el tiempo queda a años luz de este lugar que casi no ha cambiado desde que lo conozco, como si estuviera a salvo del tiempo, ese incansable segador de vidas y de paisajes.

Este año, estoy disfrutando más que nunca de la tierra y de encontrarme, al pasar, con mis vecinos, todos y cada uno tan singulares y, para mí, tan queridos.

Me apetece, antes de irme con tan pocas ganas este año, reunirles en una merienda de pulpo, empanada y tortilla de patata. Quizás, esta vez sí, me atreva a hacerles alguna foto, o a que me hagan una con ellos para guardarla.

Quise tener una vida de cuento en el campo y gracias a ellos, la tuve.

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