Sembrados

Desde el aire, no se oye nada, mientras contemplo esa alfombra de campos verdes y amarillos y al fondo, muy negra, la sierra, con la última nieve del año.

No se oyen esos pájaros que le quitan las aristas al silencio cuando se observan desde el avión los sembrados y te preguntas por qué todos se trazan en línea recta, igual que las sombras sobre el suelo de los rascacielos. Se diría que hubiéramos aprehendido esta línea en otro lugar que no fuera la Tierra; o quizás, me pregunto ahora, es que nos alejamos por contraste adrede con la línea recta de la Naturaleza para así protegernos mejor de sus inclemencias ya que suelen venir casi todas, borrascas, tornados, olas gigantes, siempre dando vueltas.

Se aprecia mejor desde el aire lo que es Naturaleza salvaje, ¿qué pensará la sierra de los sembrados?, y lo que es paisaje humanizado aunque no se vea un alma. Hasta que aterrizas. Entonces empiezas a ver a las personas, y quizás es lo que más me gusta cuando regreso y observo a un señor, como esta mañana, mono azul, gorra roja, con la mochila en la espalda quizás para sulfatar los manzanos; o como mi vecino de al lado, mono azul, gorra blanca, segando los helechos para hacerle una cama a las vacas. El remolque, me he quedado sin fotografiarlo, quizás tenga más suerte mañana, rebosando de frondes de helechos.

Aquí al lado han dejado de sembrar este año y se ha llenado el campo de caléndulas amarillas como si la tierra hubiera estado esperando a que dejaran de sembrar maíz para dar las flores que ella quería. Es como si nos ofreciera, igual que a cualquier otra especie, el papel en blanco hasta que nos vamos y nos callamos y entonces, escribe la tierra. Y ha escrito en letras tan amarillas que el sol se ve pálido aunque esté completamente despejado. La impresión que te queda es que la impaciencia es una característica humana y que la tierra es pacientísima y no tiene más que espera para decir lo que le apetezca, redondeando nuestras frases, tan simples.

Me parece mentira que me cueste tanto escribir en un día como éste, en una tarde en la que no se puede pedir más porque está llena de luz, todavía de San Juan, y porque el aire viene limpísimo del mar, y porque está todo como pidiendo que lo fotografíes o que lo escribas. Pero no sé. Me quedo muda cuando lo que tengo delante lo está diciendo todo. No me necesita. Cualquier cosa que escriba no será nada al lado de la belleza que contemplo ahora mismo.

Hay un verdor que parece que ha salido de un siglo de lluvia de la intensidad que, bajo el sol, tiene. Se oye a los escribanos. Viene a la puerta un pollo de mirlo. Precioso. Con toda la vida y los vuelos por delante.

Es uno de esos días que no se hicieron para escribir porque te dan ganas de morir, o de vivir para siempre.

Mientras siga las líneas de los surcos de un sembrado, no estaré escribiendo nada que merezca de verdad la pena.