Las orcas

Para escribir de las orcas antes hay que haber navegado por el estrecho tanto como esos marineros que miran al cielo para saber qué puede estar sucediendo en el agua.

Cuentan que, cuando entran los bancos de atunes, vienen acompañados por unas bandadas de pájaros que recuerdan, en la manera de volar, a las golondrinas. Me pregunto si serán paíños del mal tiempo, esas aves oscuras, pequeñas como gorriones, de patas palmeadas que vuelan más allá de los islotes que están fuera de puntas con un vuelo tan errático como el de las mariposas para beberse el aceite que flota con los descartes del pescado.

Las orcas. Se ha escrito tanto y tan de la misma manera sobre ellas en la prensa que hemos llegado a creer que sólo nadan en las películas y en los acuarios. Antes es noticia una orca con nombre propio que cualquiera de los individuos de los cinco grupos que, de manera habitual, merodean el estrecho de Gibraltar, en ocasiones a tan poca profundidad y tan cerca de la playa de Barbate que si alguien se asomara a una de las terrazas de los pisos que hay a pie de playa, divisaría sin demasiado esfuerzo, la aleta dorsal de dos metros de alto que tiene el macho. Pero al mar y a la realidad ¿quién mira queriendo ver?

En ocasiones me pregunto para qué queremos la vida pasando por delante de nuestros ojos. En los últimos días, me ha sucedido algo muy curioso, en dos ocasiones he contemplando exactamente la misma escena: en el parque del Retiro, sentados en un banco, una joven pareja con un niño recién nacido, de un mes o dos meses como mucho. Se me van los ojos. Me dan ganas de pararme y decirles, que aunque ahora no lo aprecien, están en lo mejor de sus vidas. Pero lo único que hago, es mirar de reojo, a la velocidad de mis pasos paseando, y observo a la madre mirando al niño, que tiene en brazos; y al padre, mirando fijamente el teléfono móvil.

Precisamente en el Retiro se presentó hace unos días un gran librito cuya lectura recomiendo, titulado “El sentido del asombro” de Rachel Carson, prologado y traducido por Mª Ángeles Martín R-Ovelleiro, quien escribe: “Carson intuyó que este sentido natural, que todos poseemos, iba a mermarse ante el avance de una tecnología que tendía a separarnos del contacto con la naturaleza”.

Siempre me ha llamado la atención que los impresionistas salieran al campo a pintar, no porque lo hicieran, sino porque no se hubiera hecho antes, ¿cómo es posible pintar la Naturaleza sin salir al mar o al campo? Cuando hace unos años venía a esta ciudad desde mi casa en el monte, recuerdo haberle dicho a un director de periódico: “A mí todo esto, y lo decía señalando la ventana por la que se veían unos edificios muy modernos, me parece ciencia ficción”. Qué fácil era entonces escribir del natural.

Y aunque yo no las he visto todavía, me han contado que hay orcas en el estrecho de Gibraltar, ahora mismo quizás cinco familias. Dos que persiguen a los atunes rojos cuando entran, y tres que se ocupan de los que vuelven, a veces aprovechando el esfuerzo de los marineros, pegándoles una dentellada (que me pareció escuchar que llaman “dentrecha”) en el abdomen cuando ya está pescado.

Pero son las orcas domesticadas de los acuarios, las que llenan las páginas de los periódicos y de las revistas semanales.

La Naturaleza desnaturalizada.