Klee

Si a Paul Klee alguien le hubiera pedido que pintara un reloj, nos hubiera dibujado a lápiz los segundos volando uno tras otro.

Porque este pintor logró ver lo que hay dentro de lo que existe. Él no ve las imágenes, o sólo las imágenes, sino el rastro, las líneas que describen las cosas mientras viven sobre el discurrir del tiempo. Y aunque en un principio se conformara con lo que tenía delante, como si de un pintor impresionista se tratara y le hiciera un dibujo a un fresno, o a la flor de un rododendro en sus cuadernos de bocetos, de pronto empieza a darse cuenta de que no ha pintado el movimiento de las “Flores en forma de hélice”, ni lo que lleva el árbol por dentro para dar “¡Qué cosas dan los árboles!”, que es otra de sus obras. Con lápiz de grafito. Cuando iba yo hace algunos años a recolectar las algas que descubría la marea durante el equinoccio de primavera, teníamos que llevar sin falta para apuntar el nombre de las especies, un lápiz en vez de un bolígrafo, porque esa escritura de un gris tan discreto y claro, gris humo que se diría que se va a esfumar del papel cuadriculado en cualquier momento, es la única que aguanta tal cual incluso con el papel mojado de agua marina. Así es la pintura de Klee. Dibujada como para no trascender, con la ligereza del lápiz y de la acuarela, pero que no desaparece aunque le pasara un océano de segundos por encima.

El tiempo, qué gran aliado de los que sueñan en vida. Porque algunos de sus contemporáneos, los alemanes más cuadriculados, no entendieron esa manera de dejar con un lápiz el trazo de la vida de los árboles por dentro, el baile al germinar de las semillas, la música del mar con veleros que navegan cada vez más alto, los jardines de casas que son flores cuadriculadas dentro de otras flores. Resulta curioso que Paul Klee haga de la cuadrícula, a fuerza de tonalidades, algo redondo en la vista, al captar el movimiento infinito de los colores en los sembrados. Paul Klee no dibuja. Siembra estrellas en la mirada.

Paul Klee (1879-1940). Qué gran descubrimiento. Tan entusiasmada y ensimismada estuve observando esta exposición que nos ha regalado la Fundación Juan March, que di un respingo cuando una chica muy amable del personal de la sala se me acercó para decirme que no hacía falta que escribiera tanto, que ya estaba todo escrito en el catálogo que nos habían entregado al entrar. Creyó que perdía el tiempo apuntando. Ojalá hubiera podido quedarme allí escribiendo toda la mañana. Igual que un bosque son las obras de arte sobre las paredes colgadas.

El tiempo, siempre se tiene la impresión de estarlo perdiendo. Paul Klee, además, tenía que vivir en dos tiempos: el tiempo real de explicar a sus alumnos de la Bauhaus cómo se estructura el arte, y el tiempo misterioso e infinito para atender a la intuición, a lo que querían decir las cosas que observaba: el crepúsculo y sus luces coloreadas horizontales, la oscuridad y la luz que siempre terminan, siguiendo la dirección de las flechas, por encontrarse.

La génesis. El principio de todo lo que siempre, y cada vez más lejos, andamos buscando.