El casco y la bicicleta

Hasta que se formó en la ciudad el primer atasco, el coche fue un gran adelanto.

Me gusta asomarme a la terraza a estas horas de la tarde, cuando la ciudad parece que duerme al sol la siesta, el cielo muy azul, el tráfico escaso, los plátanos de paseo con las hojas muy verdes, por entre las que se filtra el sol para multiplicarse en cientos de soles diminutos, motas luminosas que bailan y que brillan sobre el tejado de cinc del kiosko de prensa de José, ahí abajo. Todo está tranquilo. Algún señor con sombrero de panamá que se detiene a leer sin pagar los titulares de la prensa y de las revistas. Una señora con un carrito de niño. Y una mariposa de la col, ¿qué hará por aquí?, que pasa volando muy blanca. También a gran altura, alguna de las abejas que buscan flores en los pisos más altos porque también a lo alto se reparte el territorio. La horizontalidad, sin embargo, es ahora el problema. Y lo quieren solucionar obligando a los ciclistas a llevar en la ciudad un casco, que es lo mismo que tener una gotera en la casa y en vez de arreglar la cubierta, obligar a llevar en la cabeza un paraguas.

Porque el problema es de espacio. Si hubiera carriles bicicleta que no estuvieran llenos de intermitencias, que son sobre la calzada como los puntos suspensivos de una frase que no dice nada, los ciclistas no se verían obligados a circular entre los coches, ni por encima de las aceras con tanto peligro para los viandantes. No hay carriles suficientes. No han hecho todavía suficiente sitio para esta realidad nueva e imparable. Algún día nos echaremos las manos a la cabeza, no por no haber obligado a llevar el casco en la ciudad, sino por haber dejado que los coches, con sus humos y sus ruidos y sus problemas de aparcamiento, se adueñaran del espacio de esta manera.

¿Cuánto ocupa un coche en el que circula una sola persona? ¿Cuántas personas podrían caminar por donde va un solo coche? ¿Cuánto estropean visualmente el paisaje urbano?, al contrario de las personas caminando. El tráfico rodado es un batiburrillo de colores, de chatarra que se mueve, afeando todo a su paso. La bicicleta en cambio es estética, no ocupa casi en el paisaje, más bien adorna al que, con ella, anda, porque no oculta a la persona que la lleva.

Dicen que los que vamos en bicicleta llegamos sudando a los sitios. Depende de cómo se vaya. Si no se tiene prisa, se llega tan fresco, y no solemos tener prisa porque el que va en bicicleta sabe exactamente lo que va a tardar en llegar a su destino, algo que jamás puede calcular el que se mueve por una ciudad en coche, malhumorado, angustiado, sudando porque no encuentra aparcamiento, corriendo, llegando siempre tarde y siempre con la misma excusa… el tráfico está fatal… que es un quejarse de sí mismo.

De un reportaje que vi sobre Nueva York sólo recuerdo con claridad la anécdota que sucediera cuando todavía se estaba construyendo la ciudad y alguien, con uno de los primeros coches que entonces circulaban, atropelló a un niño que jugaba en la calle. Aquello causó tal conmoción que, a raíz de ese desgraciado accidente, se hicieron en Nueva York las primeras aceras. Ahora, lo que acaban de construir en Nueva York son cientos de kilómetros de carriles para las bicicletas. Y el casco no es obligatorio.

Pero aquí, donde solemos entender las cosas al revés, haremos justo lo contrario: obligar a llevar el casco en vez de habilitar más kilómetros de carriles bicicleta, que es lo que de verdad hace falta.

El coche todavía manda más que el peatón y que el ciclista y que los niños que respiran, sin que nadie les proteja, un aire excesivamente contaminado.

Pero tranquilos, que los niños en bicicleta van con casco por las aceras.