Cronobiodiversidad

Necesito esta palabra para poder pensar en ella.

Quiero decir que, aunque digan que una imagen vale más que mil palabras, son las palabras, para mí, las que abarcan mucho más que todas las imágenes posibles.

Acabo de llegar de mi casa en la aldea y con su nombre sería suficiente para pensar en todo el tiempo que allí he pasado, con todas las nubes y todas las lluvias y todos los días soleados en los que no te creías poder ver tanta belleza al mismo tiempo. Todo eso dentro de una sola palabra. También el nombre de mis hijos, si lo digo, los veo desde antes de nacer, y de ahí el dolor de no tenerles cerca si alguien pronuncia, aunque sea yo, su nombre, porque en su nombre está todo lo que son mis hijos para mí.

Puedo decir Villa Cisneros, el lugar donde pasé tan sólo mis primeros cuatro años de vida, y veo todo el infinito del desierto y, todo el infinito del océano y de los acantilados, y el blanco sin fin de mi casa en Villa Cisneros.

La palabra, una sola, puede serlo todo. De ahí que jamás haya podido conformarme con un término que parece abarcar mucho y que, sin embargo, a mi parecer, se ha quedado pequeño desde que se ha manejado de tal manera que se refiere a la conservación de la variedad de las especies en el medio ambiente actual; y ese término es biodiversidad.

Pero no podemos olvidar que vivimos las especies por turnos, igual que una civilización sobre la otra. Es como si la Naturaleza, ante la imposibilidad de mostrar toda la variedad de la que es capaz al mismo tiempo, hubiera optado por ir enseñando sus infinitas posibilidades por etapas, aliándose con el paso del tiempo, para ir ofreciendo todo el muestrario de la vida como el poeta que no quiere escribir a la vez todos sus versos, más que uno cada día, según va viviendo.

Hablando ayer con el autor de “La biodiversidad invisible”, el catedrático de biología molecular Francisco García Olmedo, tuve aún más la sensación de lo inabarcable que es la variedad de la vida si además tenemos en cuenta los microorganismos, esa biodiversidad invisible, como él la llama, y que varía por pisos cuando se toman muestras de aire desde el Empire State de Nueva York; o como hizo Craig Venter, tomando muestras de agua navegando como Darwin sobre la derrota del Beagle, mientras comprobaba que había microorganismos iguales y también otros que sólo aparecían en ese lugar concreto del océano donde había tomado la muestra.

Pero aún así, el término biodiversidad se ha quedado pequeño porque cuando se utiliza, se hace para referirse a la conservación de la variedad de especies actuales. Por cierto que convendría aclarar que el autor de este término fue un discreto botánico americano, Walter G. Rosen, al que le pareció muy farragoso utilizar siempre “diversidad biológica”, y en los papeles de trabajo en los que preparaba en 1985 el Foro Nacional de la Diversidad Biológica llegó a utilizar tanto la contracción que cuando Edward O. Wilson publicó en 1988 un resumen de este foro, lo hizo con el título “Biodiversity”. De ahí la confusión, el error en el que yo también caí, al creer que fue Wilson el que acuñó esta palabra tan importante en la actualidad, cuando el autor fue alguien que ni siquiera a día de hoy, tiene su propia entrada en la Wikipedia: Walter G. Rosen, es su nombre, y suya es la idea original de la palabra Biodiversidad.

Puede que las palabras nazcan así, como la vida, por casualidad. Así también me ha dado a mí por pensar que el término biodiversidad no es suficiente porque yo sueño con una palabra en la que todas las especies que existen y han existido sobre la Tierra a lo largo del tiempo, queden en un solo término guardadas.

No me importa tanto el número de especies, algo por otro lado imposible de calcular al no haber registros fósiles de todo, y qué decir de los microorganismos que son casi infinitos en su variedad. Ni siquiera seremos capaces de saber cómo eran, qué formas tuvieron. No. Lo que quiero es tener una palabra para pensar en todas esas especies al mismo tiempo, igual que tengo la palabra Universo para tratar de imaginarlo desde el principio.

Así propongo una biodiversidad que tenga en cuenta al tiempo, y a todas las especies que han vivido en el momento en el que vivieron, aunque no sepamos cuántas son, ni cómo se fueron sucediendo, pero al menos podemos pensar en alguna palabra que nos sugiera la infinita variedad que supera con muchísimo a la actual biodiversidad.

Sin Tiempo, no hay vida, por eso propongo: Cronobiodiversidad: Todas las especies, también las que no están.

No tiene esto más base científica que la de la observación de la Naturaleza y esa incómoda sensación de que, a la vida, le falta otra palabra.

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