Dalí

A Dalí y a Einstein les pasó algo parecido, al quedar prisioneros de una imagen con la que les recordamos.

Pero ambos son mucho más que su foto y aunque el día invitaba a quedarse en casa, me fui esta mañana, pertrechada de paraguas, un elemento que no paro de usar desde que vine a vivir a Madrid, que me dan ganas de colgármelo de la espalda, como lo llevaba el señor de los topos cuando venía con su mujer de la mano a poner los gramiles en las topineras de la tierra gallega, donde empiezo a pensar que cae menos y mejor el agua que por estas aceras. El caso es que dudé si llevar el abrigo, que ya había guardado, o la gabardina, y al final me arrepentí de no haber ido más abrigada y con un gorro de lana, porque el frío que hacía en la plaza donde está la entrada principal del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, durante una hora y media de cola, no puedo describirlo ya que aún tengo las manos entumecidas, y eso que iba con guantes.

Yo creo que esto es otro homenaje que el Museo le hace a Dalí: tenernos de pie, haciendo una cola de caracol, bajo la lluvia, el viento y el frío, que ni siquiera había vencejos trisando por el cielo y estaba el suelo lleno de frutos de liquidámbares, de los que se desprendían del árbol a cada ráfaga de viento o de agua. Lo curioso es que a la vuelta, y esto lo recomiendo para el que aún no haya ido, hay otra entrada por el edificio Nouvel, mucho más corta y a cubierto, aunque también desemboque en una sufrida persona atendiendo ella sola a la multitud que hace cola. ¿Dispone el Museo de más personal? Sí. ¿Es que el Museo está lleno? No. ¿Se podría poner una taquilla fuera? Seguramente sí. Entonces, ¿por qué nos tienen hora y media a la intemperie para entrar?

Al salir lo comprendes, viendo desde lo alto de los ascensores de cristal la cola de paraguas y de gente: Es que a Dalí le hubiera encantado esta cola de caracol, bajo la lluvia, a la entrada de su exposición. Lo dicho: un homenaje. Sólo así se entiende.

Le gustaban a Dalí todas las curvas. Recuerdo un reportaje en el que mostraba su curiosidad por la estructura de la doble hélice del ADN que acababa de ser descubierta por Watson y Crick. A Dalí le encantaba la ciencia. Y la poesía. De hecho, lo que más me ha llamado la atención de la exposición, tras tomarme un café bien caliente, ha sido todo lo que se expone en vitrinas de papeles, revistas y libros en los que está su escritura, en ocasiones en ejemplares verdaderamente preciosos, como el que exhiben de la Biblioteca Nacional y que tiene unas tapas llenas de brochazos de pintura que recuerdan a las piedras de las rampas de los muelles donde los marineros pintan sus botes. Se leen, con cuidado de no apoyarte en el cristal, cosas muy curiosas como lo que le preguntó Dalí a un pescador de Cadaqués llamado Enriquet al mostrarle un cuadro en el que Dalí representaba el mar y sobre el que Enriquet le dijo: “Es igual. Pero mejor en el cuadro, porque en el cuadro las olas se pueden contar”.

Y tal vez, quien sabe si por esta observación de un marinero, devino su pintura hacia el método paranoico-crítico que es poema y es un cuadro para pintar el infinito, las olas y las horas incontables de los días que no acaban jamás. Todo es profundidad, abismo y acantilado de Cadaqués, granadas abiertas que sueñan con abejas, elefantes de patas esbeltas, peces que vuelan hacia el cielo y que provienen del mismo barro que los pájaros, caballos blancos que salen volando de los cipreses, y cipreses que emprenden el vuelo desde un monte, como fantasmas, cuando les llega, como a todos, la hora que se derrite, que cae de una rama, hacia un azul que no se sabe si es de mar, horizonte o firmamento.

Me ha gustado mucho descubrir que, por casualidad, aparece un artículo de Dalí justo al lado de un poema de Enrique de Mesa, uno de mis poetas favoritos…”El campo, sediento; / la nube de paso; / un cielo azul, desesperante y limpio, / y un rojo sol en el ocaso…

Todo esto se podía leer con cierta tranquilidad porque lo que más concitaba la atención del personal eran las películas que se proyectan en las diferentes salas, donde aparece Dalí anunciando algo, o en mitad de un bosque, o con una chaqueta llena de vasos de peppermint, aunque la exposición tiene más cosas que te hacen sonreír, como un teléfono blanco con una langosta como auricular.

Consiguió Dalí todavía más de lo que pretendía cuando empezó a autorretratarse con el cuello rafaelesco a los 18 años, ser paisaje, hacia donde quieren, incluso aguardando horas bajo la lluvia, mirar hasta perderse en el infinito, los ojos de la gente.