El aguardo

La sierra de Gredos ha puesto a descongelar, al sol, la nieve.

Según van pasando las horas y el sol asciende por el horizonte, las cumbres se ven al fondo, por entre las encinas florecidas de amarillo, a cada minuto que pasa más blancas, como si una parte de la nieve derretida bajo el cielo azul se hubiera evaporado para formar una bruma. Puede que la semana que viene ya no quede nada, sólo esta claridad de las cumbres, de bruma de nieve, de sol contra la roca grisácea desnuda, con algún brillo de agua recién nacida.

Es una pena que el corazón sólo pueda ir a por una cosa. Si no tuviéramos siempre que elegir, yo creo que acabaríamos teniendo más de un corazón dentro, pero al final siempre, hasta para las cosas más insignificantes, hay que decidirse por algo y en mi caso, en principio, creí que vería más animales quedándome en un aguardo de los que usan los cazadores en la dehesa, escondida entre unas ramas secas, esperando que apareciese algo para fotografiar, bajo la sombra más fresca de lo habitual de una encina, porque tenía ya también las hojas nuevas, de un verde más claro y más tierno, menos coriáceas, con menos cinismo y más ganas de enfrentarse al sol cuando llega.

Había también mucho verdor en el suelo de la dehesa, y flores en ocasiones formando manchas de un violeta tan oscuro que parecían las sombras de árboles invisibles, entre los botones de oro y las arvejas, plantas como de guisantes, con flores de todos los colores que hay entre el blanco y el violeta.

No creo que haya habido en mucho tiempo otro año con tantas flores como este, con tanto verdor en la dehesa, como si hubieran esperado todas las semillas a este invierno desapacible y durísimo para demostrarnos que la vida, en la dificultad, o al menos tras ella, germina y florece con más fuerza.

Es triste pero así como las flores las tienes a tus pies, quietas, esperando tan sólo a que las mires, para ver sin embargo aves o animales, los observas al final mejor en la huida, como la rana que da tres saltos y desaparece, igual que la piedra plana que lanzas en la charca; o la liebre que no corre hasta que con tus pies se encuentra, agazapada y callada mientras tu paseas; o el búho real que al marcharse haciendo un ruido como de aplausos muy callados, te das cuenta, cuando ya se ha ido, de la encina en la que estaba. También los grillos, con mis pasos, se callan. Porque al final, salí de la sombra del aguardo para ir a ver al menos esos animales que se marchan, como las perdices apeonando, muy torpes, por delante del camino, hasta que emprenden el vuelo y parece que todo, menos ellas, se ha quedado quieto para mirar cómo vuelan.

Siguiendo el cauce de un regato, acabé encontrando en la sombra a unos gamos, un grupo de hembras con jóvenes, algunas de ellas muy abultadas, como si estuvieran a punto de parir, o ya tuvieran algún chivino, un gabato entre las sombras, con los mismos puntos de luz en la piel que los rayos del sol sobre el suelo tras atravesar las hojas de las encinas.

Para que no huyeran, me senté lejos.

Pones el corazón en una cosa, y acabas por encontrar lo que querías, aunque te preguntes, mientras haces fotos, qué hubieras visto de haberte quedado en el aguardo.