La sencillez

El sombrero estaba roto.

Se veía que se había roto por una de esas esquinas donde se dobla en la cabeza, por donde suelen romperse al final casi todos los sombreros panamá de verdad, de los que están hechos con palma natural en Ecuador pero que vinieron a llamarse sombreros de Panamá porque los llevaban los trabajadores del canal para que no murieran de insolación mientras intentaban unir los dos océanos. Esta historia del canal, ya la conté aquí hace tiempo y desde entonces resulta imposible para mí ver un sombrero panamá y no acordarme de todas las cruces que dejó sobre la tierra esta proeza humana.

Aquel sombrero roto sin embargo, tenía el ala más ancha, y un aire algo africano, pero lo que me parece ahora curioso es que llamara tanto mi atención teniendo en cuenta que lo que había alrededor tendría que haber reclamado más mi mirada, por vez primera en el campo tras muchos días de asfalto, porque, además, el entorno, no podía ser más hermoso: un patio, uno de esos patios cuadrados y amplios, sin tapias demasiado altas como si, sencillamente, alguien hubiera decidido delimitar allí el campo, poner un marco en algún lugar para retratar esa parte de la tierra, donde plantar en un aparte los durillos, los narcisos que florecían ahora con retraso, los rosales y los cipreses para acompañar al campo, al auténtico, al silvestre, de encinas que se abrían paso entre las piedras del suelo del patio. Al fondo, una suerte de chamizo de paja con una chimenea al aire libre para calentar las noches de primavera, dos sillones de obra, una mesa de madera en medio, y un sombrero roto sobre la mesa. Todo alrededor tenía la naturalidad y la sencillez de ese sombrero.

Un sombrero en el que se intuía todo el sol de África, las historias del rey Buba de Camerún y el llanto de los elefantes, con lágrimas verdaderas, si alguien rompía por cazarlos sus lazos familiares. Historias que escuchamos ayer, en la tarde de domingo, bajo la sombra de una encina, que es donde mejor puede comerse, una mesa grande y cuadrada, un mantel azul turquesa, y arriba el verde seco de la encina, dejando pasar los primeros rayos de luz que llegan con fuerza esta primavera. Sólo los cañizos, que hacen trizas la luz sobre los platos, dan una sombra tan discreta y agradable como esta de la encina que tiene algo de calor marino, aunque aquí el mar quede lejísimos pero, a cambio, tienen una tierra muy blanca, como de periostraco de caracola, y tienen infinitos campos de cebada, ahora muy verdes, que es el mar que les falta. Había también campos de lavanda, que se veían, al trasluz, malvas, aunque las espigas estuvieran todavía muy cerradas; y malvas parecían también los robles solitarios que por alguna razón se habían salvado de la cuadrícula de los barbechos.

Unas cogujadas con los colores de los leones en las plumas, volaban haciendo círculos alrededor de un campo donde pastaban los caballos, porque es de los granos que ya han pastado estos animales de los que se alimentan las cogujadas, y seguramente muy cerca tenían ya hecho el nido en el suelo porque el canto y la tarde y la luz, hablaban de vida que empieza.

Tienen una cresta las cogujadas que las distingue del resto de las alondras, y yo que vengo de tierras llenas de agua, a estas aves del secano, no pude dejar de observarlas, y mientras daban vueltas a mi alrededor igual que si las estuviera dando cuerda como a un caballo, se veía que al volar la cresta desaparecía, como si se quitaran el sombrero, ante la sencillez de la vida que al final es lo más valioso que tenemos: un sombrero, que a pesar de estar roto, y quizás por eso, nos gusta llevar sobre la cabeza.

El pensamiento lleno de luz y de sombra.