El edificio de enfrente

La semana pasada quitaron los primeros andamios y una lona que era como el trapo de un velero con el dibujo de la fachada.

El edificio hace una curva que sigue la forma de la plaza, lo cual me gusta porque tiene un estilo herreriano muy rotundo y esa curva lo dulcifica un poco, aunque el gris y el blanco de las paredes lo convierten, no sé todavía muy bien por qué, en un edificio triste. Puede que le falte, al pasar, la alegría del tiempo. O puede que fuera un inmueble oficial y todavía no se haya podido quitar de encima la grisura de los edificios en los que no sueña ni duerme nadie.

Demasiada nueva todavía la pintura, los marcos de las ventanas, y esa gran escultura negra de una suerte de animal mitológico, un águila con una cresta que no acierto a adivinar muy bien de qué se trata, pero que, de lejos, asusta un poco.

Las primeras aves que han venido a posarse en cuanto quitaron la lona de la fachada, han sido unas urracas que han construido sus nidos en las horquillas de los plátanos de paseo de la plaza, recién florecidos, ahora que los puedo observar desde arriba, con una suerte de grandes cerezas rojas que son una esfera de flores, como un mundo entero en primavera. De ahí que luego las infrutescencias del plátano de paseo, sean también esféricas y que coincidan, porque aún no se han caído, con las del año pasado.

Los nidos de las urracas suelen tener cúpula, porque las aves, como arquitectas, utilizan más la línea curva, y sobre el cuenco de barro en la horquilla de la rama, construyen una bóveda de palos que a modo de travesaños protege el nido por arriba, y que distingue de lejos el nido de una urraca.

Sobre el tráfago, crían como si nada, y luego desde allí se echan a volar ahora más altas que en invierno, que incluso el otro día, pasó una con toda la parsimonia de un equilibrista, por el borde de la balaustrada, justo por delante de mis ojos y aunque ya he escrito en más de una ocasión que no me gustan nada las urracas, resulta que ahora, que ando escasa de aves, me parecen más hermosas que nunca, con sus plumas blanquinegras de reflejos metálicos azulados, aunque sigan siendo igual de gárrulas.

Por lo que veo desde aquí, han construido una piscina en la azotea del edificio de enfrente y me pregunto si llegarán tan altas, para beber, las golondrinas por el día y los murciélagos que cazan insectos a la luz del alumbrado, en las noches de verano.

En el campo, las casas quedaban muy lejos, y lo más que veía era cómo la sombra del monte subía al atardecer por el monte de enfrente, hasta que se sumergían en la noche y se encendían las luces igual que una constelación de estrellas en la negrura del campo, que es más honda que la del cielo.

Ahora todavía trabajan en el edificio de enfrente, hasta que una buena mañana alguien lo estrene y abra la ventana y vea que he plantado, en maceta, un granado que está a punto de florecer de rojo en mi terraza.