Inundaciones

Llueve cuando todavía es de noche.

Me despierto sin saber muy bien qué hora es, si una más, o una menos, mientras pienso en la hora que tendría que ser, como si sólo así me encontrara otra vez a mí misma, tras haber perdido una hora debido a esa decisión semestral humana, a esa decisión errónea y repetida a lo largo del tiempo, porque rectificar… ¡qué pereza!, y no digamos para llevar otra vez al tiempo a su lógico, continuo y tranquilo discurso, ahora que ya le habíamos acostumbrado, como un salmón, a dar saltos. Se oye la lluvia. Imagino su luz, las gotas de agua, brillando en la oscuridad de la noche. Hay tanta agua sobre la tierra que se resbalan las suelas de las botas como si fueran cascos de caballo. Esta vez sí se le podría echar la culpa a la luna del tiempo que hemos tenido en Semana Santa, porque es el plenilunio quien fija la fecha en la que cae, y ha caído la Semana Santa demasiado temprano, cuando aún no habían florecido las glicinias.

Me ha dado pena dejarlas esta mañana, irme sin ver cómo florecen, porque este artículo está escrito en dos tiempos, y el punto y aparte no es más que una costura hecha de puntadas de hilo en blanco. Acabo de sobrevolar la Península como una de esas borrascas que se mueven de Oeste a Este, y viendo las nubes desde arriba, la manera en la que cae la lluvia grisácea sobre la tierra en línea recta, de vez en cuando un poco oblicua por el viento, me he dado cuenta de que el vapor de agua de la atmósfera se comporta igual que el de la ducha, pues tiende a volar en millones de gotas diminutas y blanquecinas sin ninguna apariencia de querer ir a ninguna parte, lo cual lleva a pensar que si no hubiera viento, ni la Tierra diera vueltas, no se moverían las nubes del sitio, como la copa de un manzano. Había a la altura de los ojos, en el cielo, algunos cumulonimbos con yunques, de esos que llevan dentro trozos de hielo como puños, y a vista de pájaro se veían los embalses muy oscuros, casi negros, como la sombra de una nube sobre el suelo. Lo que más llama la atención es que, así como otras veces quedan los estratos clareados que señalan hasta dónde ha bajado el nivel del agua en el embalse, hoy casi no tenían orilla y el agua daba directamente al verde; incluso, ya en los ríos, se veían las choperas y lo que parecían desde arriba encinas, ¡quién les iba a decir!, con los pies en el agua.

Es como si todo estuviera a punto de colmarse con la siguiente gota. ¡Cuántos paseos de cemento, por donde los ríos patinan, se estarán inundando! A las playas, les quitamos las dunas, y a los ríos las riberas, con todos los alisos, avellanos, sauces, fresnos, álamos que agarraban con sus raíces la tierra para que no se fuera con el agua, ni el río se desbordara más de la cuenta. Pero yo he visto casas que dan directamente al cauce, la fachada en la mismísima ribera desarbolada, y allí ponen a secar la ropa, sobre el agua.

Todavía nos quedan muchas tormentas de primavera, esas que dejan sin luz a las casas del campo. Habrá, con toda probabilidad, inundaciones.

Luego dejará de llover y será como si nada de esto hubiera sucedido.

El tiempo de la desmemoria es muy grande porque es donde las horas perdidas se juntan.