Primavera

La primavera es una luz que avanza.

¡Qué frío! Dijeron esta mañana delante de los miembros del Comité Olímpico Internacional, cuando podían haber dicho: ¡Qué luz!

Porque esta luz es como un río, un torrente que viene a tal velocidad que los días se igualarán en duración con las noches esta misma semana en todo el mundo, al entrar el equinoccio de primavera en el hemisferio Norte, para luego seguir creciendo y llegar a desbordarse la luz de los días, hasta desembocar en el verano.

Pero la luz, ¿quién la ve? Y eso que no viene a oscuras.

Abajo, José ha colocado ya los periódicos como las plumas de un ala abierta, con sus noticias dispuestas a volar a los ojos y al pensamiento. Qué ordenado es. Asomando por el toldo, se ven desde el quinto piso las portadas como si fueran los naipes que un mago hubiera desplegado sobre el fieltro. Encima del tejado de cinc del quiosco, hay todavía algunas hojas secas de plátanos de paseo, y los rayos del sol por vez primera este año. Es verdad: hace frío. Todavía lleva José mitones en las manos. Pero qué contento estará con este sol que ya ha girado de tal manera que al salir por el Este, pero más hacia el Norte que otros días, le viene a dar por fin sobre las noticias de las portadas que, como otra suerte de editor, coloca José en primera fila.

Los plátanos de paseo, cuyas ramas hacen como que no está pasando la luz por encima, todavía no verdean pero lo harán de un día para otro, como hacen los hayedos en los montes, que están violáceos y de pronto una mañana, se despliegan todos juntos con los verdes más tiernos que existen, que son los que tenían las ramas grisáceas por dentro, como un sentimiento secreto, escondidos. Así un día nos daremos cuenta de que ya no se ve la acera desde la terraza, y que la gente al pasar no son más que colores y murmullos, entre el verdor de las hojas. Como esta mañana, en la pared del portal, donde se veía por vez primera el dibujo del hierro del lucernario sobre la pared que hay frente al ascensor, porque la luz por vez primera venía a dar a esta forja, como para darle importancia, y el hierro, se volvía sombra, es decir, todo y nada, con sus revolutas y el arte que quiso otorgarle el herrero, sin pensar en la hermosísima sombra que sobre la pared daría un día en el que estaba a punto de entrar la primavera.

Las flores de la plaza, pensamientos que se plantaron hace meses, parecen por fin despiertos, flores algo más silvestres que cuando las trajeron, y están de un amarillo relumbrón, casi tan luminoso como el azul del cielo. Escribió Tolstói que “Incluso en la ciudad, la primavera es siempre primavera”. Y Neruda que “podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”.

Porque, claro, ¿quién detiene una luz que avanza?

Ese día en el que las ventanas, hacen de espejo.