La tienda de las persianas

Vengo de una de esas tiendas de las que sales con miedo de que la cierren.

Me la encontré mientras iba paseando, uno de esos comercios de los que te crees que ya no quedan en las ciudades porque venden persianas de las de antes, de esas que cuelgan por el balcón por encima de los geranios, haciendo una panza, una curva de tablas sobre la forja, para que el sol no entre.

Tienen una cuerda que al tirar de ella enrolla la persiana que suele estar pintada de verde y que hace un ruido de tablillas chocando, y si la dejas caer de golpe, también suena esta cuerda de nailon que tiene la consistencia de un cabo marinero; y este sonido, te trae la infancia porque estas persianas tan rudimentarias estaban en casi todas las casas, sobre todo en los pueblos, donde también había esas otras persianas como de cuentas que al pasar volaban, para que entrara el fresco pero no las moscas.

Es raro que en la ciudad siga abierta una tienda como ésta. Venden además cordeles de todas clases, y grandes ovillos de cáñamo, esparto, hilo de bramante, que conservan todavía el olor y el color amarillento, seco, del campo en verano. Pones estos ovillos uno tras otro y estás imaginando la siega y la trilla y a las mujeres con la rueca como las que había en Galicia cuando se sembraba el lino y luego, tras siete labores distintas, le sacaban el hilo para hacer unas colchas que iban pasando de padres a hijos. Ahora que las ruecas están quemadas y que el lino ya no se siembra, sigue floreciendo en los bordes de los caminos para contar lo que fuera un día donde todo era linar florecido de malva cuando llegaba el mes junio.

La persiana que había encargado es para el desván de esta casa porque a mis hijos, cuando vienen, les tenía que dar un antifaz, de la luz que puede llegar a entrar por una ventana tan pequeña donde por encima de los tejados, las chimeneas y las antenas, se ve la sierra nevada, y parece que se reflejara desde allí toda su luz hasta ese cuarto tan pequeño donde dicen mis hijos, son jóvenes, que duermen de maravilla.

Me ofrecieron pedir la persiana de plástico, un material muy práctico, es decir, horrible, pero preferí que fuera de madera pintada de gris. Toda la familia parecía estar esperándome como si la venta de esta mañana les arreglara el día, un matrimonio muy mayor con un hijo muy mayor también, que me pareció hijo único. Se diría que son personajes sacados de un cuento de Dickens. Tampoco hoy tuve todo el tiempo que hubiera querido para fijarme en la tienda, lo cual me dejó con la sensación de haberme dejado un cuento a medias.

Al regresar fui viendo que en los balcones donde no había aire acondicionado, tienen estas persianas.

Quizás con la crisis volvamos a estas cosas y a estas pequeñas tiendas que viven de los que las amamos.