Relieves

Me pregunto si escribimos en relieve, si dejamos un hueco en el pensamiento de quien nos lee, aunque las palabras se las lleve el viento.

Yo aquí oigo el viento en las persianas, que era un ruido que desconocía, el batir torpe de la persiana como si quisiera, sin lograrlo, ser visillo. No me disgusta este ruido. No tanto porque considere que sea hermoso, ya que más bien parece un tableteo, la nota fea de una cítola de un molino de agua que avisara de que ya no queda grano para la muela, sino porque el viento, a resguardo, siempre me ha gustado oírlo. Me recuerda al siroco del desierto sobre la lona del jeep de mi padre, ese constatar que la ruidosa fuerza de los elementos no podía con nosotros, en aquel recinto del coche, donde el monstruo que rugía afuera se convertía dentro en pequeños montones de arena, como los de un reloj de tiempo roto.

Cuando hace unos meses pasé hacia París por las Landas, que son como una pesadilla que se repite una noche y otra porque es una carretera interminable en línea recta, a la izquierda el mar, y a la derecha plantados en hileras desde el siglo XVIII hectáreas y hectáreas de pinos marítimos; me acordé de aquel vendaval que pasó por allí hace algunos años para, aunque sólo fuera derrumbándolos, cambiar el paisaje. La Naturaleza es cualquier cosa menos monotonía.

Con una palabra parecida aunque muy distinta, “Metonimia”, ha titulado Cristina Iglesias su exposición en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, para que sus esculturas digan otra cosa siendo lo mismo; y así el hormigón parece volar con sus abanicos de coral en el techo, el aluminio se retuerce como una liana, y el hilo metálico es tan ligero como el esparto trenzado por donde la luz del sol se cuela. Entre las mallas, parece que hay letras que en su rigidez bailan, y la primera palabra que me saltó a la vista, y también al pensamiento, fue ARTE, así, todo con mayúsculas.

Hay alas que son de hierro y de bloques de mármol, y vegetación trenzada de bronce que no se mueve mientras el agua la inunda para después caer una hoja pálida y rota a flotar justo allí, como si quisiera ser parte de todo ese relieve sumergido por el que pasa el agua pero, ya no, el tiempo.

Puede que el relieve sólo se adquiera precisamente con el paso de los años, como esos troncos de los tuliperos que van dando relieves de rombos, trazos que Cristina Iglesias luego esculpe para que todo tenga aquí el molde de lo que fueron.

Después el agua, que se adapta a todo, baña y da brillo a la escultura, y la hace ir y venir, para que se mueva como la luz del día.

También las palabras conservan a veces, sumergidas en el tiempo, su relieve, para dejar un hueco en el pensamiento de quien las lee como si fueran nuevas, cuando ya se escribieron.

Y que no se las lleve el viento.