Impresionistas

“No iré mañana, a no ser que se nuble por la tarde”, le dice Monet a Alice Hoschedé, quien más tarde sería su segunda esposa.

Vivía pendiente de la luz.

¿Es que hay de verdad otra cosa?

Se había nublado por la tarde cuando fui, creyendo que no habría mucha gente, a ver el previo de la exposición de los “Impresionistas y postimpresionistas” en la sede de la Fundación Mapfre en el paseo de Recoletos. La Cibeles, estaba gris, y las banderas españolas ondeaban como pájaros tropicales enjaulados, pero al menos daban color al descolorido panorama, con el hermosísimo jardín del Cuartel General del Ejército al fondo donde, desde que tiraron sus hojas en forma de abanico los ginkgos, de un amarillo que deslumbraba incluso bajo los cielos nublados, ya no queda más colorido que el verde oscuro de los cedros.

De camino, me encontré una fuente cuyo cauce discurre por un lecho de guijarros, con algún verdín que sobrevive en la ciudad como si el agua hiciera de escaparate y de protección, de cristal para que sobreviva la vida sumergida, ajena al ambiente de afuera.

Ya en la fundación, que es esa casa que todos quisiéramos tener en mitad de la ciudad, con jardín y balcón y galería y grandes escaleras, había, al traspasar la reja, unos bancos de hierro verde alineados, recién pintados, esperando que llegue la primavera para que alguien se siente en ellos, bajo un laurel florecido. Hacía frío. Y la cola era larga. Me pregunto qué tienen los impresionistas que tanto nos atraen; no es ya la belleza en sí de sus pinturas, evidente desde que entras, sino lo que lograron captar de la Naturaleza, algo que hace que no nos cansemos de ver sus obras, como si esos cuadros fueran el espejo en el que mirar lo que llevamos una vez por dentro.

Y la luz. La luz atrapada. Eso es lo que con sus series se proponía Monet, y en esta muestra se pueden ver algunas obras de sus series, desde sus catedrales, que es la misma y es distinta según la luz del día, hasta los almiares de heno sobre el pasto recién segado, y también los álamos donde, quietos, petrificados por el óleo, se aprecia el viento.

Leo una frase en la pared que apunto:

“Cada día descubro cosas que no había visto la víspera, añado y pierdo algunas cosas. En fin: busco lo imposible.”

Y esta frase me lleva al libro de donde procede: “Los años de Giverny” escrito por Claude Monet y en el que aparecen cartas curiosas como la que le dirige al prefecto para pedirle permiso para hacer su estanque:

“Para renovar el agua de un estanque que quiero abrir en el terreno que me pertenece para cultivar plantas acuáticas”.

Y aquí comprendemos, con ternura, el proceso: primero el artificio de hacer el estanque, con la petición del correspondiente permiso, para luego cultivar nenúfares que, tras pintarlos, regresan a la feliz y fugaz espontaneidad de la vida silvestre.

Cada obra de los impresionistas nos enseña a mirar, a ver mientras la luz se marcha.