“Orgullo y prejuicio”

De “Orgullo y prejuicio” de Jane Austen lo que me resulta más familiar es el barro.

Ese barro que es el de las granjas de verdad porque los animales, cuando se juntan, son todo barro y más aún en los lugares donde llueve con frecuencia y acaba por mezclarse el barro con el abono hasta que los pobres, ya sean caballos o patos, si no disponen del terreno suficiente, terminan por convertir en un barrizal el verde del pasto.

Se cumplen ahora doscientos años de la publicación de “Orgullo y prejuicio” y yo sólo me acuerdo del barro en las botas, de lo que le gustaba andar a su protagonista bajo la lluvia porque eso es algo que conozco muy bien, la delicia de esos climas lluvioso en los que no hace demasiado frío y se pasea a gusto aunque los caminos sean lodazales, con las huellas de los carros tan marcadas que, en los estanques efímeros que crean, llegan a poner sus huevos las ranas de monte, como la rana bermeja, dejando un rosario de huevos que parecen ojos que se hubieran caído al agua de tanto mirarse. Luego las aves que van a beber a esos charcos cuando se ha despejado, se llevan volando estos rosarios de huevos en las patas, y así se puede columbrar que las ranas vuelan de un charco a otro. También vuelan las plantas en forma de semilla, como comprobó Darwin cultivando un poco del barro que una perdiz llevaba en sus patas y de donde obtuvo 84 plantas de tres especies distintas.

Cuando paseas por esos caminos que tanto se parecen a los de “Orgullo y prejuicio” porque casi no han cambiado en estos doscientos años que han pasado, al final terminas yendo por el medio, que es donde también germinan las plantas que acaban floreciendo, porque casi ninguna especie aguanta esa tierra indecisa de los lados, una y otra vez pisada por los tractores, seca o embarrada según le apetezca al cielo ese día, ya que la Naturaleza prefiere antes las certezas firmes que ese un sí es no es del barro.

Creo que es sobre todo por esto por lo que me gustan, más que sus libros, que he leído poco, todas las películas basadas en las novelas de Austen, donde casi siempre salen estos pastos embarrados y estos caminos, porque así como en las hermanas Brontë era el viento otro protagonista de sus historias, en Austen es el barro de las botas, de la granja, de la tierra llena de lluvia tras la ventana.

Es curioso que se pueda añorar algo tan insignificante como el barro, ya que al final, te parece que tiene sentido porque aquí, donde todo es calzada y acera, te das cuenta de que la lluvia salpica muchísimo, al no tener el amortiguador de la tierra, que siempre recibe con más dulzura que el asfalto la lluvia, como si la tierra quisiera y comprendiera mejor al agua cuando cae del cielo.

Cuánto se echa de menos si te alejas, el barro en las botas como una heroína de Jane Austen.