Que al menos los ríos corran limpios

Sobre las ramas florecidas de los avellanos, firmemente enraizados en la orilla, baja el río tumultuoso y turbio.

Se llena de más en estos días como una bañera de la que te hubieras olvidado que abriste el grifo, pero como en vez de loza tiene tierra en el fondo, el agua se va volviendo más oscura cuanto más se eleva, como una bandada de grullas.

Me contó mi suegro que a estas ramas de avellano y de aliso que caen sobre el río, ataban los sedales con el anzuelo, y allí los dejaban y sabían si alguna trucha había picado porque la rama se inclinaba como la vara ahorquillada de un zahorí que hubiera encontrado agua. Sobre estas orillas tenían sus dormideros las urracas que caían como sacos a la tierra si daban una patada al tronco porque, sin la luz del amanecer, la urraca, blanca como el día y negra como la noche, entendía que no había que despertarse.

A mí hay pocas cosas que me gusten más que ir a ver cómo baja el río, y aunque entiendo y lo siento que causa muchos problemas cuando se desbordan como estos días, no puedo dejar de imaginar cuántos peces habrá sobre las aceras, bermejuelas y madrillas que quedan expatriadas del cauce y de pronto están en la ribera nadando entre los troncos de las choperas, los bancos para sentarse, los trigales de primera, o los columpios de los niños. Esto hay peces que lo aprovechan, como las anguilas, las crecidas de los ríos para reptar por los prados, y es muy curioso ir luego al mar para ver lo que ha traído el río, casi siempre palos de ramas partidas que habían quedado en la orilla hasta que el agua los baja con fuerza como para hacer limpieza antes de que llegue la primavera.

Esta corriente más fuerte es necesaria para que los salmones remonten porque, al igual que las aves, necesitan, para avanzar, ir a contracorriente. Llaman zancados a los salmones que bajan ya casi sin vida, tal es el esfuerzo de remontar el río cuando viene con tanta fuerza. En las orillas, anidan las garzas, que sin embargo quieren la quietud del tiempo como una balsa, mientras miran pasar el río con las patas en el agua, donde dejan sus huellas en el limo, aunque se hayan ido volando. Porque las orillas de los ríos están llenas de nidos que ahora se inundan con las crecidas pero que, al secarse, vuelven a ser ocupados ya que resulta fácil excavar en sus taludes arenosos, como hacen esos aviones zapadores que ven tan bien en la oscuridad que siguen volando sobre el río cuando ya ha anochecido, o los abejarucos al situar sus nidos tras unas galerías de dos metros de profundidad.

Tiene algo el río que atrae, como las obras y los andamios en los pueblos, probablemente porque es agradable ver cómo trabajan los demás, o cómo avanza el río mientras te quedas quieto.

Ahora vienen turbios, desbordados, pero es el agua, renovándose, limpiándose a sí misma.

Y hoy más que nunca necesitamos que al menos los ríos corran limpios.