Mali

De pronto Mali se ha convertido en el centro de mis preocupaciones.

“No vayas en metro”, le digo a mi hijo. Y me sonríe.

Todo se le ha arreglado en esta semana; la vida, que es indecisa, ahora sí, a él le sonríe por todas partes: acaba de terminar su carrera y por el camino, como le enseñé a hacer las cosas porque todo son trenes en marcha, ha firmado su primer contrato en serio, con seguro médico, vacaciones de un mes en verano y todo eso que él aún desconocía. Qué suerte, le dicen. Cuatro años lleva trabajando y estudiando al mismo tiempo, viviendo sin pedir nada con lo que iba ganando y ahora (hijo, sí, ha llegado el momento) podrá comprar una lavadora y dejar de ir con las monedas a esos establecimientos que son como nuestros lavaderos públicos donde pescan las garzas, pero automatizados. Estoy orgullosa, claro, soy su madre.

Encontró un piso compartido en un tercero sin ascensor donde se entra por un patio de adoquines y maceteros con bolas de boj, tras un precioso portalón enorme pintado de verde oscuro, casi negro, con los herrajes de latón, muy cerca del Museo del Louvre, en el corazón de París y de Francia, hoy amenazado por los yihadistas de Mali.

¿Qué se yo de Mali? Para empezar, que no lleva acento y que las cigüeñas, si migran, van a Mali, según me enteré la primera vez que pregunté adónde iban: “A ocho mil kilómetros del campanario del pueblo español donde nacieron: a Zimbabue, o a Mali para alimentarse de langostas.”

Entonces, aparece el recuerdo de las plagas de langosta en Villa Cisneros, de las que mi padre se defendía a raquetazos, y que hacían desaparecer, para desgracia de los nómadas, el escaso verdor del desierto en segundos. Pero el desierto que he visto más cercano a Mali, es el desierto de Argelia, que es uno de los paisajes que más me ha impresionado contemplar en mi vida, más aún que la selva amazónica, el gran desierto de Argelia desde el aire, el cual se tarda en sobrevolar en avión tres o cuatro horas, de día lleno de tonalidades rosadas y amarillas, infinito y ondulado como un fondo marino. También Senegal, con el que linda Mali hacia al oeste, lo recuerdo rosa, por el color del agua de sus lagunas, orladas de sal brillando como espejos, donde los flamencos parecían haberse desteñido las patas, el pico y las alas.

Mali. No sé nada de Mali. Veo las fotos y podría ser cualquiera de esos lugares áridos donde se acumula en los ojos, como el agua en los charcos, el odio por nosotros que no sabemos de Mali nada más que, desde allí, han amenazado el corazón de Francia, que hoy es el tuyo, el mío, el de cualquiera, el de todos.

Como sé que leerás esto: Cuídate mucho hijo.

Y perdona, porque sólo se me pasa el miedo si lo escribo.