La niebla

Ha amanecido la ciudad envuelta en una niebla engelante que es la que llevan en los huesos los fantasmas.

Los monumentos, que anoche estaban alumbrados con claridad, aparecen hoy dormidos, completamente tapados por esta sábana que es la niebla, apagadas todas las luces de la ilusión como si despertar a la realidad, que es el final de toda fiesta, fuera el verdadero sueño. Hay pocos coches en la calle, claro que es muy temprano, y las escasas luces blancas que vienen de frente lo hacen despacio, casi a cámara lenta, o al menos así me parece entre esta niebla que todo lo acolcha, ralentiza, adormece.

No estoy acostumbrada a estas nieblas frías de la meseta porque las nieblas que yo conozco son tibias, al salir de unos ríos cuyas aguas fluyen más calientes que el aire; y las veo allí abajo, desde lo alto del valle, subir entreveradas con las humaradas del día que empieza en los fuegos de las chimeneas incluso antes de que amanezca, como si de otros soles se tratara.

Se me hace raro estar aquí, entre esta niebla tan fría que te cala los huesos, y me llena la nariz de agua. Y con este silencio tan extraño. Porque así como con la nieve el aire cruje como si tuviera el aire las paredes de hielo para que oigamos el eco de nuestras propias pisadas, la niebla envuelve y algodona los sonidos de tal manera que todo parece venir desde muy lejos, como si el hecho de no ver las cosas con claridad también las ensordeciera. De ahí tal vez que la ciudad me parezca en este amanecer más silenciosa que nunca, más aún que el campo, donde siempre se oye el graznido de algún cuervo avisando a sus congéneres de que ya huye, ya vuela hacia el sol la niebla.

No creo que aquí lo haga. Hay algo marinero en esta niebla que no levanta, una persistencia igual que la de la niebla marina cuando se pega al agua. Quién sabe si sucede esto desde que fuera mar esta meseta. En el valle del Ebro, me contaron hace algún tiempo, que hay unas nieblas tan espesas que incluso para los murciélagos el amanecer es más negro que la noche si hay niebla, porque las ondas de los ultrasonidos con los que se orientan rebotan en los corpúsculos de la niebla. También el neblí, el halcón peregrino, deja de cazar desde el cielo si hay niebla, y en general todas las aves planeadoras se quedan en tierra, como si este día fuera un paréntesis en blanco.

De alguna manera, incluso la bulliciosa ciudad, me parece hoy detenida en su tornaboda somnolienta, como si esta niebla fuera la pereza, el bostezo final del año pasado antes de empezar en serio la vida de 2013.

He quitado los adornos de Navidad a las ramas del granado y al menos he visto que tropezaban con unas pequeñísimas yemas rojas que quieren al fin poner color a la vida que vendrá tras esta niebla tan blanca.

Ojalá mañana sople el viento, o huya la niebla de los rayos del sol hacia el que vuela.