Cuentos

Tenía las tapas de tela verde y pesaba mucho, como un tratado de botánica.

No era Navidad, ni siquiera mi cumpleaños, era solo una tarde de verano en la que mi abuela me pidió que la acompañara. Entramos en una librería de un pueblo de verano, no sé por qué creo que era Salou, donde estuvimos solo un día, pero me recuerdo más pequeña que el mostrador, mirando hacia arriba a mi abuela, que no era alta, hablando con el librero y hojeando un libro muy grande que, para mi sorpresa, me regalaría. Creo que es el único regalo que me hizo a mí sola mi abuela, además de los pasaportes caducados, que me entregaba para que escribiera en ellos. Con letra temblorosa, puse en el libro mi nombre. Era el primer libro que me regalaban y no era poca cosa: un libro ilustrado de cuentos de Hans Christian Andersen.

Los leí todos aunque leyera y releyera unos más que otros. Se podría decir que mi infancia de alguna manera la pasé en esos cuentos. Los hermanos convertidos en cisnes, la hermana que tejía ortigas para salvarlos, la sirenita con un jardín de estrellas de mar en su huerto. El libro tenía unos dibujos hechos a lápiz, sin estridencias, como todos los cuentos en Andersen, en la medida justa de la alegría y de la tristeza. No eran cuentos que acabaran bien, incluso recuerdo que algunos tenían un final dramático, pero eran de una belleza desgarradora, como si quisieran traslucir, tras el relato infantil, que no es el dolor sino la belleza lo que más puede llegar a herir en la vida.

Llevé este libro conmigo siempre a todas partes hasta que me casé y un amigo de mi marido lo vio en mi casa y me lo pidió para leérselo a su hija esa noche. Acababa de separarse. No fui capaz de persuadirle para que no se lo llevara, porque aún no había llegado yo a la conclusión de que se puede regalar, pero jamás prestar lo que amas. Luego el amigo, que ahora también lo es mío, se fue a África y cuando regresó años más tarde lo primero que hice fue preguntarle por el libro. Todavía hoy, hablamos de ello, aunque ni siquiera recuerda que se lo hubiera dejado.

En cada librería de viejo que piso, incluso por países lejanos, no pierdo la esperanza de encontrar mi libro. Tengo que ser yo la que lo busque, porque los libros no saben qué hacer para volver a nuestras manos.

No hace mucho, mi hermana pequeña me regaló uno muy parecido, pero no es lo mismo. Mi libro tiene mi nombre escrito al principio, y tiene mi infancia.

Tengo que ir a la cuesta de Moyano, no ya para echar un vistazo, quién sabe, sino para buscar otro libro llamado “Viaje por España”, escrito por Andersen. Siento curiosidad por saber qué le llamó la atención de nuestros paisajes.

Feliz Navidad.