Hibernar

Al no tener vida propia, las casas y las cosas no saben estar sin nosotros.

La casa en invierno, cuando regresas, está en una suerte de estado de hibernación igual que el de una osa en su osera o un murciélago en su cueva, y hay que hacer tanto esfuerzo para devolverle la vida como si tuviéramos que mover el mundo para acelerar la llegada de la primavera. Porque todo, excepto lo que está vivo, como una orquídea que ha florecido mientras yo no estaba, o un ratón que se comió las pastillas del jabón del lavaplatos, está medio moribundo, que hasta la vajilla hay que lavarla entera porque tiene sobre la loza y el cristal el vaho de la ausencia, que es el respirar de la soledad cuando la casa está cerrada.

Enchufas la calefacción y no funciona. No tiene presión y entonces abres la llave del agua mientras llamas a ese técnico con el que contrataste un seguro para que viniera en fin de semana, pero que no viene porque ha pasado un temporal y dice que tu casa, “es la número diecisiete”, es decir: que no vendrá y otra vez tendrás que arreglar la calefacción a distancia sin tener ni idea. Se pone a funcionar a ratos, lo cual hace que vayas a verla continuamente, y cuando al fin arranca, la presión se dispara porque el agua se ha calentado y entonces tienes que sangrar un radiador, medio litro, hasta que la presión baja. Todo esto mientras abres las camas y pones las sábanas, que están heladas, y enciendes la chimenea, que es lo único que funciona porque la leña dentro de la casa, como le fue dando el sol de los días, se ha secado y enciende con unas ganas que agradeces y vuelves de nuevo afuera, mientras llueve a mares, porque la calefacción ha vuelto a apagarse.

No se sabe por qué, con todo lo que hay que hacer, quizás porque regresan tus hijos que ya son hombres pero que para ti siguen siendo niños, vas a por el belén y te pones a cortar ramas de acebo cuyas hojas más altas son lisas, de un verde muy oscuro y muy lustroso; pero las más bajas, que son las que alcanzas, están llenas de pinchos para que no las ramoneen los animales y, aunque lleves guantes, empiezas a arañarte. A tu alrededor, todo son hojas caducas caídas, mojadas como cartones, que los mirlos y las carrizas levantan buscando algún insecto. Los helechos, están ahora tan dorados que los he puesto también de adorno.

Según la casa va entrando en calor, a ti te entra una especie de sopor del metabolismo, una suerte de agotamiento. Te miras al espejo y notas que el pelo te ha cambiado y que tienes otra vez esa expresión soñadora que se te pone cuando llevas dos días seguidos mirando al amanecer el horizonte.

Dan ganas de quedarse a pasar aquí el invierno leyendo literatura rusa al calor de la chimenea.

Hibernar, ¡qué sueño!