El quejigar

Hace unos días estuve en un bosque que desconocía, un quejigar en la provincia de Guadalajara, donde todas las hojas estaban todavía colgadas de sus ramas, alumbradas por el otoño bajo una nube oscurísima cargada de nieve.

No es que este bosque de quejigos, que recuerdan un poco a los robles y a las encinas, fuera un sueño; es que se diría que todo el quejigar soñaba que siempre es otoño, aunque algunas hojas estuvieran incluso todavía verdes, entre los ámbares. Porque son las hojas del quejigo (Quercus faginea) marcescentes, es decir, que no se caen aunque hayan perdido la clorofila, y sólo cuando va a llegar la primavera, empujadas por la savia nueva, descienden al fin sobre la tierra para dar una hojarasca que está entra la lobulada del roble y la coriácea de la encina. Se diría que las hojas que alfombraban el suelo, eran antiguas, crujientes de vejez y de tiempo, entre los romeros y los tomillos que salían olorosos del suelo, como si bajo la tierra hubiera perfumes.

A mediodía hizo más frío que a primera hora de la mañana, al bajar de pronto la temperatura, y ponerse como una boina blanca y negra la nieve a punto de caer sobre nuestras cabezas, que es cuando hace más frío porque todo suele ser más cuando va a suceder, y no cuando ya ha sucedido. Esta suerte de espera del porvenir, es lo más helador que existe; no ya lo que está, sino lo que puede, o no, pasar. La incertidumbre, es tan fría como una de estas nubes heladas en el cielo.

De pronto, un galope de caballo. Tú estás ahí, aterida, esperando no se sabe qué en este paisaje tan puro de otoño, y cuando al fin sucede algo no te inmutas porque eres ya también, en tu quietud, marcescente. Un ciervo galopando hacia ti, hacia tu lugar tras la mata de romero cubierta de líquenes amarillos, y tras un quiebro, va monte arriba, entre las ramas, con sus cuernas llenas de puntas.

Tan asociado tengo ese ruido del casco contra la tierra a un caballo, que ni siquiera imaginé que podría ser un venado, como si sonara el aserradero con el viento del sur, o pasara el tren de todos los días. Un gran venado galopaba hacia a mí y no pensé en nada salvaje, en nada nuevo, en nada extraordinario, sino en el más doméstico de los animales.

Cuando tras unos segundos mi mente congelada reaccionó, el ciervo me pareció no ya gris, sino azul. Luego se lo conté al dueño del bosque, quien lo gestiona empeñado en que sólo haya jabalíes y corzos porque son los que respetan más el arbolado y el sotobosque, al ser menos ramoneadores que los venados.

“Si viste un ciervo, era el ciervo”, me dijo, “creí que no quedaba ya ninguno en la finca”.

Disparé unas fotos.

Tan cerca estuvo de mí que no es más que una mancha desenfocada, una nube oscura de las que lleva nieve dentro.

Del quejigar, detenido en el tiempo, no cayó ni una hoja.