Luces de París

Hacía sol en París.

Tenía la ciudad una de esas luces casi ya de invierno que se posan sobre la claridad de la piedra de las fachadas para dar un dorado parecido al de las hojas de los castaños de Indias, con sus ramas negras como nubarrones.

En la Place des Vosgues, donde está la casa en París de Víctor Hugo, están podados los castaños de tal manera que se puede observar toda la arquitectura de la plaza, tan redonda en su cuadratura. En medio, una fuente y un parque y esa gente que adorna una ciudad si está bien pensada.

Antes, comimos en este barrio de Le Marais, donde están las casas más antiguas de la ciudad, allí donde te cuentan orgullosos que no llegó Haussmann para igualarlo todo. Son estas casas y estas calles de adoquines como una boca de dientes torcidos y desiguales pero con la sonrisa más amplia y más franca de todas. Casas que no han modificado su fisonomía y de donde cuelgan en los balcones geranios y gitanillas, todavía florecidas de rojo, alargando el otoño como si fuera una primavera fría.

Dicen que todavía no ha hecho frío en París y aún así, el otoño está aquí más adelantado y la parra virgen a la que se le permite trepar por las fachadas hasta el tejado, exhibe sus diminutas uvas granate, perdidas ya las hojas, mientras los peciolos rosados que las sustentaron caen sueltos como lápices de una niña sobre la acera para dar el toque artístico a un barrio que es ya de por sí arte puro.

Comimos en Chez Janou, que es el diminutivo de Jean. Estaba lleno. En París, se nota ya la crisis en el apagado de Nôtre Dame, lo cual, aunque tétrico, resulta también hermoso porque es en la noche de la piedra cuando más se aprecia en la catedral la oscuridad de los siglos; pero los franceses, parecen tomarse la crisis de otra manera, acostumbrados como están a convertir la pobreza en bohemia, o hacer arte de la desesperación y la tristeza, y por eso llenan los bares y los restaurantes aunque tengan que pasar privaciones el resto de la semana.

Después fuimos a esa esquina de la Place des Vosgues donde está la casa que tuviera Víctor Hugo, con una vista maravillosa de la plaza cuadrada enmarcada de árboles y de edificios, con un techo de cielo. La novia parisina de mi hijo, la preciosa Flora, me contó que aunque “Los Miserables” se ha llevado toda la fama, no hay nada como el poema que escribiera Víctor Hugo a la muerte de su hija, ahogada navegando en velero cuando él no estaba. La verdad es que esta casa destila una tristeza y una pesadez inmensa, aunque una buena parte son reproducciones de otras casas más alegres que tuviera en otros lugares, con salones de inspiración oriental.

Al despegar, dejamos atrás la torre Eiffel que ahora se ilumina sólo en las horas punta. Viendo desde arriba el alumbrado como un fondo marino en la noche clara de luna, pensé que no hay un brillo que yo quiera más que el de los ojos de mi hijo mayor, Roberto, allí abajo, entre las luces.