Las cañaíllas

Hoy había cañaíllas en la pescadería.

Al margen de su valor culinario, reconozco que suelo comprar los alimentos atraída por los colores y por las formas; de ahí que con las cuatro berenjenas que me traje esta mañana, porque alegran la cocina más que sus flores, que también son malvas, me apeteció llevar estas cañaíllas que vendían en pequeñas bolsas de red, a un euro y medio los trescientos gramos.

Me habían hablado los marineros de ellas, pero en vez de llamarles cañaíllas, las llamaban púrpuras, “se enredan las púrpuras”, me contaban, refiriéndose a estas ligeras y artísticas caracolas que casi siempre son del color de la arena y que están llenas de protuberancias y de espinas, aunque lo más característico es el canal sifonal, “cañaíllas”, muy exagerado para su tamaño.

Según decían, se enredaban las púrpuras sin querer cada vez que echaban de noche las redes a la jibia, ya que también estas caracolas salían a oscuras de la arena del fondo, y se quedaban enganchadas con sus púas en las jibieras. Quién sabe si por tratarse de una pesca involuntaria, casi de un descarte, resultan las cañaíllas todavía tan baratas, aunque en el pasado fueran consideradas como algo muy valioso.

Precisamente se llaman púrpuras porque de ellas se obtenía una tinta, la púrpura, con la que se tenían los paños de los sacerdotes, y que era la tinta exclusiva de los emperadores, que alcanzaba un altísimo precio pues hacían falta diez mil caracolas para obtener un gramo de tinte. Todavía hoy, se pueden ver en algunas rocas del Mediterráneo, los agujeros excavados en la piedra donde se ponían las púrpuras para que soltaran su tinta, que iba del amarillo al verde y del verde al púrpura.

Cuando vemos las caracolas, siempre las imaginamos sin vida, ajenas al cuerpo vivo que hay en ellas, pero del que salen cosas curiosísimas como los huevos que pone una caracola que no vive por aquí pero que es muy conocida, la boluta negra, porque la suelen vender en los países del cono sur americano para que te la lleves de adorno y que pone unas ovicápsulas transparentes que alcanzan la orilla con las mareas, con tanta profusión en ocasiones, que sobre la arena quedan esta suerte de pelotas de tenis llenas de agua donde se pueden ver, al trasluz, flotando, las diminutas caracolas que llevan dentro.

Yo a estas cañaíllas, como eran pocas, las hice igual que hago últimamente las setas, con patata gallega. En una cacerola, que es la única que tengo por aquí, puse aceite de oliva en el fondo con ajos troceados sobre los que, en cuanto se doraron, eché las cañaíllas con su periostraco y todo al fuego, y al poco las patatas peladas y rotas en trozos cascados y, a falta de vino blanco, las cubrí con agua, donde eché a flotar una hoja de laurel como un barco.

Tras recoger la cocina tiré las cañaíllas pero creo que voy a recuperarlas para conservarlas. En el campo se echaban carros enteros de crustáceos y moluscos vivos para enriquecer la tierra, tan lavada por la lluvia. Y aún hoy se siguen echando a las huertas los caparazones y las cáscaras, y también las cenizas de las chimeneas.

Creo que guardaré estas cañaíllas como si fueran porcelanitas, esas otras y diminutas caracolas, suaves y brillantes, que servían de moneda.

Todo me parece valioso ahora que todo vale nada.