La fumigación

Hay tanta agua que te hundes al pisar la tierra.

Casi todas las encinas tienen un charco a los pies donde caen las gotas de agua de las hojas que le quedan. Tienen estas encinas pocas bellotas y, en general, poca vida. Se están muriendo delante de nuestros ojos, ya he escrito aquí en alguna ocasión de esto. Pero traigo nuevos datos. O más bien una impresión, porque no lo sabía: que las encinas se fumigan en primavera para proteger la montanera, ese pasto de bellota, ese periodo de tiempo que va de noviembre hasta enero, y que no sólo aprovechan los cochinos, jabalíes o cerdos, sino también las grullas que al atardecer vemos sobrevolar la tierra dibujando una “V” bajo las nubes oscuras.

Me contaron que antes traían en camiones los cerdos para que se alimentaran durante la montanera y que como esto generaba beneficios, había que proteger la bellota, la cual no siempre llegaba la encina a darla, porque había un pequeño insecto, así me lo dijeron, que atacaba las flores y entonces, para remediarlo, fumigaron las encinas en primavera.

Fue escuchar las dos palabras: fumigación y primavera para recordar a Rachel Carson, de quien no he leído más que su “Primavera silenciosa”(1962) aunque hace poco me recomendaron otro libro menos triste, más hablando de la vida que de la muerte. Esta mujer, que puede considerarse la primera ecologista del mundo, trabajaba en un departamento de medio ambiente de Estados Unidos y como bióloga fue recolectando datos científicos sobre los efectos de los pesticidas sobre la vida silvestre, en concreto sobre la cáscara de los huevos de las aves, de ahí el título de su obra.

También en algunos encinares, debió de producirse una primavera silenciosa, y todos los carboneros y sus pollos que se alimentaban de las larvas de los cerambícidos, se vieron quizás debilitados en sus puestas, o directa o indirectamente envenenados, lo cual hizo que estos cerambícidos, estos grandes y hermosos escarabajos longicornes que, si pueden, convierten en serrín los árboles; se hicieran de pronto fuertes, aprovechando también la debilidad de las encinas por el excesivo ramoneo del ganado y de los venados, los cuales también favorecen la entrada de estos escarabajos en la madera, al herir el tronco de la encina cuando descorrean contra ellos sus cuernas. Todo ello sumado a la edad de estos árboles que habían sobrevivido hasta entonces.

Ahora el paisaje, te asusta. Con los últimos vendavales, han caído encinas centenarias con las ramas todavía verdes porque, por dentro, están completamente horadadas y vacías, como un decorado de lo que fueron.

Casi ninguna de las que cae tiene bellotas. Se diría que ni siquiera tuvo ya fuerzas para dejar un renuevo.

De las ramas, cuelgan algunas cajas anidaderas para carboneros de los que se ha descubierto no hace mucho que es lo más eficaz que hay para combatir el ataque de los cerambícidos, al alimentarse de sus larvas.

Pero ya es tarde. La lluvia resbala sobre la caja de madera y llora con las encinas sobre los charcos de agua.