El huracán

Girando en el sentido contrario de las agujas del reloj avanza Sandy.

La rueda de prensa del alcalde de Nueva York, su rostro serio, su jersey gris tormenta con cremallera subida hasta el cuello, hacían presagiar, si no la tormenta perfecta, al menos sí la peor tormenta sufrida en la costa Este de los Estados Unidos de América.

En lo alto del edificio del “The New York Times”, han instalado una cámara que va haciendo fotos de las nubes y de los rascacielos que, vistos desde arriba, parecen las estalagmitas de una cueva, de lo oscuro que está el cielo. Si bien es cierto que las personas y las casas del Caribe estuvieron más expuestas al paso del huracán; en una ciudad como Nueva York, o como en cualquiera de la costa Este norteamericana, hay más población y cosas para derribar que en todos los poblados caribeños juntos.

Para empezar los enormes árboles americanos: robles, arces, tuliperos de Virginia que aún no han tirado todas las hojas porque todavía no ha hecho el suficiente frío como para que la capa de abcisión funcione como un serrucho, lo cual jugará en su contra, ya que la copa hará de vela; y el tronco, de palo mayor de un velero que una vez caído, con todo el otoño rojo y ocre y amarillo, no volverá a adrizarse.

Los carpinteros hablan de las podas del viento, que son las que dejan en la madera esos nudos, heridas cicatrizadas, que a veces son transparentes y permiten pasar la luz en la madera de las contraventanas. Estas podas se producen a partir de setenta kilómetros por hora, y lo más probable es que aguante peor el arbolado urbano que el de los montes porque en la ciudad los árboles están agarrados con alfileres a la vida de los ciudadanos para que se no se olviden de que, más allá, hay Naturaleza.

Aunque en Estados Unidos es difícil olvidarlo ya que incluso las ferreterías son casi tan grandiosas como sus bosques. No hay más que fijarse en esos tableros que están colocando para protegerse del paso de Sandy, y que no tienen nada que ver con nuestros tableros de conglomerado, hechos de virutas, sino que se trata de verdaderos troncos aserrados donde se aprecian con claridad los nudos de los que escribíamos hace un rato.

También la literatura de la Naturaleza que más admiro está en la costa Este norteamericana, con Dickinson, Thoreau… y Whitman y su barba de mariposas que hoy saldrían volando con el viento.

Es con estos huracanes cuando se producen las lluvias de peces de menos de diez centímetros, los cuales se ven envueltos en la espiral del huracán y, expatriados del océano, caen vivos a kilómetros de distancia, en esta ocasión, quizás, sobre las azoteas neoyorkinas.

En nuestra escala del tiempo, tan pequeña, nos parecerá algo extraordinario; incluso habrá quien anuncie el final del mundo y todas esas cosas para que nos sintamos culpables, pero no es más que la Tierra de siempre, haciendo borrón y cuenta nueva.