Barcelona

Caía toda el agua del cielo sobre Barcelona.

Estaba gris y oscura, era de noche sobre una ciudad en la que tuve mi primer trabajo. Cuánto ha cambiado el aeropuerto desde entonces. Ahora lo veo aséptico, azul de cristales y de acero. Tanto dinero para llegar al mismo sitio. Nuestra ruina empezó, quizás, en los aeropuertos, esas catedrales del aire llenas de aire.

Barcelona. La ciudad querida. Mi primer trabajo en un laboratorio farmacéutico tenía su sede aquí. En el Hotel Regente me alojaba. Nada más llegar por vez primera, llamé a casa para contar que tenía nevera en la habitación. Una nevera en una familia numerosa es más valiosa que una caja fuerte. Una nevera, para mí sola. Me sorprendí al llegar de trabajar y encontrar que me habían abierto la cama, puesto un bombón en la mesilla, y extendido el camisón. Detalles de un hotel que no se olvidan. Tenía veinte años.

Entonces no llovía y era primavera. Enseguida me di cuenta de que Barcelona era otra cosa, una ciudad mejor pensada, con sus chaflanes y su arbolado y sus palmeras de palmas grandes como las que Gaudí forjara en hierro para hacer puertas.

Treinta años más tarde, era otoño y volvía a estar al día siguiente de aterrizar el cielo azul, y el puerto viejo como si fuera nuevo, tras la lluvia. Tantos barcos juntos que querían venderse y no se vendían y los aviones haciendo acrobacias por el cielo. En los balcones de las casas, toallas tendidas al sol, verdes, rojas, amarillas, como recién llegadas de la playa, y muchas banderas catalanas, algunas con una estrella que me recordó a la de la bandera cubana, como si la independencia rememorara la pérdida de las colonias de 1898, más o menos cuando empezó, como por contagio, este sentimiento independentista que se acrecienta con las dificultades y que se apaga, o parece al menos olvidarse, cuando van bien las cosas. Es la yesca que se echa al fuego ya encendido.

Entre las piedras del muelle, descubro una planta que veo por vez primera y que no es un alga, sino una suerte de fanerógama que hunde sus raíces en las rendijas de las piedras y que luego distribuye con equidad sus hojas al sol, y seguramente al rocío nocturno del mar, que es el que deja más agua sobre las cosas.

Cuántos miraban los barcos y la maravilla estaba entre las piedras, que luego los arquitectos hacen tallar como en la “Casa de les punxes” o “Casa Terrades” en la avenida Diagonal, con esos balcones que le otorgan también toda su consideración al transeúnte que pasa por debajo, de tal manera que al mirar hacia arriba, tiene a su disposición el peatón la belleza de los azulejos del suelo del balcón, para que los pise también la vista.

De vuelta al avión, iba cayendo, sobre el alicatado azul claro del cielo, el sol y unos nubarrones negros que no presagiaban nada bueno.

Menos el taxista, que era de Soria y vivía en Barcelona desde los quince años y tenía a sus tres hijos en el paro; casi todas las personas que vi, eran turistas. El hotel lleno. Los restaurantes llenos. Todos extranjeros.

¿Se me considerará también a mi extranjera cuando vuelva a Barcelona?