La bicicleta

La bicicleta es el aire de la infancia sobre la cara.

Es comprobar cómo puedes llegar a cualquier sitio mucho antes de lo que pensabas.

A lo mejor vas andando con la bicicleta en la mano, mirando escaparates, alguno que incluso te atrae antes de verlo porque tiene dos macetones en la entrada con unas plantas que parecen olivos injertados en lo alto pero que luego, cuando te acercas, te das cuenta de que las ramas tienen las hojas más oscuras, menos tomentosas y pequeñas, repartidas en hélice como en los ruscos que salen en la umbría de las riberas.

Biblioteca Castro, pone sobreimpreso en el cristal y detrás unos libros, todos grises como una manada de delfines mulares, por la sobrecubierta que los protege. Desde la puerta, pido un catálogo y el anagrama es un castaño deshojado. Me compraría cualquiera de sus títulos: “El Rastro” de Ramón Gómez de la Serna, o Pío Baroja “Las noches del Buen Retiro”. Cuando cierran la puerta me doy cuenta de que la acera está llena de escamas de pino, de las que se ponen para que no salgan las malas hierbas, caídas de los macetones como si hubieran descamado el tronco allí mismo.

Sigo con la bici por la Casa Árabe y me quedo, otra vez, con ganas de entrar a tomar un té moruno, o al menos a ver qué hay dentro, porque seguro que es otro mundo, pero lo dejo para otro día y bajo hasta la puerta de Alcalá por el Retiro cruzando el estanque y una arboleda por un camino de tierra y con fuentes mientras baja la temperatura varios grados. Veo algunas aves que caen de las ramas de los cedros de una manera distinta a como lo hacen los gorriones, porque suben y bajan en vertical, a toda la velocidad, sólo por esto sé que no son gorriones, pero no me detengo a identificarlas.

La bici, no es mía. Me la dejó mi hermano Juan porque decía que la había comprado y que no la usaba. Y es verdad. Estaba nueva en el garaje. Es una de esas bicicletas de rueda pequeña que se doblan en varias partes y que con sólo plegarla en dos cabe en el ascensor para subir y bajarla. Le puse una cesta negra metálica, donde llevo la compra y el pan y los periódicos. Y ya no voy sin mi bici, su bici, a ninguna parte. El día que no la llevo, me arrepiento pensando que llegaría antes y mejor.

La ciudad se ve de otra manera, aunque sea andando, con una bici en la mano. Es algo así como la mochila en el Camino de Santiago que de tanto llevarla sobre la espalda ya no quieres caminar sin notar que te rodea. No sé por qué, pero la bicicleta te acompaña.

Es tu infancia, que va contigo, otra vez, feliz, mientras pedaleas.