Guadarrama

Había alquilado ya la casa en Madrid cuando me di cuenta que desde el ventanuco del desván se veía la sierra de Guadarrama.

La sensación fue la misma que la que tenía cuando vivía en casa de mis padres y al fondo, por una calle estrecha que era como un desfiladero de ladrillo que desembocaba en el parque del Oeste, tras los cedros y los pinos, bajo el azul invernal del cielo, se veía la sierra de Guadarrama nevada.

Yo iba de uniforme pero ya había empezado a salirme de las normas del colegio llevando alguna camisa blanca de mi padre a la que le había quitado el cuello para que fuera de cuello Mao, que entonces se llevaba, y mirar hacia aquella sierra era también como escaparse un poco de las normas de la ciudad, la prueba de que existían lugares verdes, azules y blancos, menos grises, donde pasar la infancia que ya no tenía.

No sé de dónde me viene esta necesidad de aire que no me ha abandonado desde que tengo conciencia de las cosas. De alguna manera, mirando la sierra de Guadarrama, yo respiraba de lejos su aire. De hecho, creo que consciente o no, media capital vive de esta forma, y por eso en Madrid se colapsan las carreteras el fin de semana de personas que lo único que quieren es saber que existe un lugar donde se respira mejor y hay senderos y hasta acebos que dan en invierno frutos rojos.

Fue en la sierra de Guadarrama, sobre el tronco caído de un pino silvestre, donde Mariano de la Paz Graells descubriera la mariposa más hermosa de Europa, como si el aire de esta sierra mereciera las alas más grandes y más exquisitamente coloreadas, aunque sólo fuera para la luz de la noche bajo la luna, las estrellas y los planetas ya que la Graellsia isabelae es un satúrnido nocturno.

Isabel II lució un ejemplar montado en un collar de esmeraldas, verde como sus alas, en un baile en palacio, con lo cual la fama de esta mariposa llegó muy lejos, más allá de la ciencia y del coleccionismo de lepidópteros.

Me da rabia que le hayan cambiado el nombre a esta mariposa por el de Actias isabellae , ya que a Mariano de la Paz Graells, le tengo, con esa distancia insalvable que da no ser contemporáneos, mucho cariño, porque nació en 1809 en el pueblo riojano de Tricio, donde he pasado tantos veranos, y de quien don Manuel, el párroco, nos contaba historias, todo orgulloso, del naturalista que naciera en Tricio porque su padre, Ignacio Graells Ferrer, trabajaba de médico en el pueblo.

Es una pena que la protección que se pretende ahora para la sierra, se quede sólo en las cumbres, más inhóspitas, dejando sin cuidado tanta vida silvestre. Pero menos es nada.

Parque Nacional de las Cumbres de la Sierra de Guadarrama.

Se está protegiendo el sueño de vivir en otra parte.