¿Qué es Naturaleza?

Me llamó la atención la foto de una señora sentada en el patio de su casa en mitad de la ciudad.

Era inglesa. ¿Era inglesa? Y llevaba un sombrero de paja, creo recordar. Tendría, quizás, sesenta años, y un fondo de ladrillo blanquecino a su espalda. Estaba en el jardincillo de su patio en Madrid y en la revista, ¿o era un periódico?, comparaban cómo era la vida según los barrios, y ella declaraba algo que me dejó perpleja: “Me gusta vivir aquí porque amo la Naturaleza”.

Nada más lejos de mi idea de la Naturaleza que un pequeño jardín, algo así como considerar Naturaleza a un pájaro enjaulado. Está vivo, sí, pero le falta su principal característica, que es la libertad, la libertad de vivir. Puede que la Naturaleza sea puro azar. Quiero decir que sin esa cualidad, no es para mí Naturaleza. Un jardín que se siega y se riega y se poda con todo nuestro cuidado y cariño está lleno, también, de nuestro orden y artificio.

Algo parecido he pensado con la plantación de cipreses ignífugos de Valencia. ¿Qué tienen que ver estos cipreses con la Naturaleza? ¿Alguien puede pensar que un bosque es un ciprés y otro ciprés y otro ciprés hasta el infinito como uno solo entre dos fríos espejos? También la manera en la que, alegremente, llamamos bosque a todo lo que es mucho árbol junto habría, a mi parecer, que revisarla. Wenceslao Fernández Flórez, ¡cuánto!, al otro lado de esta vía del tren, te echamos de menos para que describas otra vez qué es un bosque. La vida. El eco de una Voz “que va y vuelve desde el infinito al infinito” y que no se apaga nunca.

El Diccionario de la Real Academia Española define muy bien la Naturaleza en varias de sus acepciones: “Conjunto, orden y disposición de todo lo que compone el universo.” “Principio universal de todas las operaciones naturales e independientes del artificio.”

Ni los propios robles que yo planté los considero Naturaleza hasta que un arrendajo, o como ahora, las palomas torcaces se sientan en sus ramas para comer las bellotas. Porque a esas palomas yo no las he llamado. Es Naturaleza todo lo que sucede sin convocarlo, todo lo que se escapa de nuestro control y de nuestras manos. Un jardín no es Naturaleza hasta que se asilvestra y suben los brinzales a los tejados y las silvas no dejan abrir las puertas de la casa.

Nosotros también somos Naturaleza, algo dispuesto sobre la Tierra sin que sepamos muy bien por qué ni cómo, y no hay más que cerrar los ojos a todos los planes que hacemos para sentir la corriente de azar que también llevamos por dentro, pero eso no quiere decir que se pueda considerar Naturaleza las cosas que hacemos; eso, ya lo dice la Real Academia, es una composición del universo.

La miga de pan en la ventana, o como hago yo cada día con un petirrojo que ya espera la miga que le echo sobre la mesa cuando acabamos de comer y todos se han ido y me quedo sola pensando y se acerca tanto que se posa en la silla de al lado: tampoco ésto es Naturaleza, aunque sea un pájaro silvestre porque, de mi mano, se está domesticando, y aunque no soy Emily Dickinson puede que a este petirrojo tenga que venir alguien a echarle unas migas de pan cuando yo falte.

La Naturaleza es lo que queda cuando nos vamos.