Incendios, y ahora ¿qué?

Vengo leyendo estos días el libro “Ingeniería y Naturaleza” de José Luis González Escrig, y me angustio cuando leo que hace cien años se discutió si reforestar los montes españoles con especies autóctonas, indígenas decían; o exóticas.

Ganaron estas últimas en muchos lugares, como el paisaje que contemplo ahora mismo, donde ya sólo queda bosque indígena, autóctono y auténtico donde casi no llega nadie. Tal es nuestra influencia sobre el paisaje. Una persona, una sola persona, o un grupo de personas decide y convence y cambia lo que yo veo, lo que jamás veré, cien años más tarde.

Imagino que el criterio era sacar la mayor rentabilidad en el menor espacio posible, y todo ello quizás ligado a una cierta actividad rural que todavía existía y aún hoy existe, como hemos podido comprobar hace poco en el incendio de una localidad leonesa resinera que vivía de las resinas de los pinos, pero cuántos pinares hay en los que ya no trabaja nadie y que son como un bidón de gasolina derramándose por la tierra.

Por aquí yo diría que sólo visitan los montes el día que se plantan y allí quedan abandonados a su suerte hasta que suenan las motosierras, el toque a muerto de los árboles. A veces, se ve a algún matrimonio que viene de limpiar, ella con su mandilón azul claro, él con un mono azul añil, pero cada vez son más mayores y el paso del tiempo se los va llevando con la guadaña de la muerte, tan parecida a la que llevaron en vida en la mano.

Es curioso que las cosas que dependen de nuestra mano, no puedan pasar sin nosotros, y tiene razón Ricardo Vélez cuando dice que “en incendios de verano y en montes sin selvicultura es muy difícil evitar que arda todo”. Porque cuando se planificaron los montes había un cierto cuidado en lo que se ponía y en su gestión posterior, pero hoy es distinto.

Hace unos días leía que un señor pretende apagar con agua del mar transportada por tuberías los incendios de Canarias. Y a lo mejor consigue vender la idea, porque todos estos artilugios son mucho más aparentes, en comparación con el lento y constante trabajo del selvicultor, más necesario, y que es el que consigue que si hay temperatura y baja humedad y sopla el viento, al menos no haya combustible para que el conato no se convierta en gran incendio. Precisamente que haya habido tantos grandes incendios este verano da una idea de cómo está de abandonado el monte.

Por eso dicen que los incendios se apagan en invierno, pero quizás tenemos que empezar a pensar que podrían apagarse cuando se reforesta y se planifican los montes para dentro de cuarenta, cincuenta, cien años. Cómo será el paisaje que verán nuestros nietos. Es hora de discutir. De pensar que si somos tan exigentes para restaurar una obra de arte, ¿por qué no restaurar con la misma exigencia los paisajes?

Hacer un estudio de lo que había antes de que se dilucidara con qué especies había que repoblar los montes españoles, antes incluso de la Mesta y de las desamortizaciones y de los buques de la armada que se hundieron con los bosques talados. Habría quizás que tratar de recuperar todas esas especies que consiguieron aguantar el paso de los siglos y del fuego, darle al fin, pasados cien años, la razón a Miguel del Campo Bartolomé cuando en su “Restauración de montañas” dice que las “especies indígenas deberían ser las preferidas”.

Porque si hay algo que ha quedado demostrado es que los montes que diseñamos nosotros en su día no saben estar sin nuestro cuidado. Que son puro combustible ahora mismo y que en estas condiciones la extinción es un fracaso porque es imposible apagar un fuego explosivo como los que se han producido este verano y que tan bien definió en su “Manual de extinción de grandes y peligrosos incendios” Enrique Martínez Ruiz: “Fuego explosivo: se puede denominar así, cuando una superficie significativa de vegetación, previa desecación, arde al unísono o con una velocidad de propagación superior a 100 m/minuto. El vacío creado por la ascendente y potente columna de humo (depresión), es llenado por el aire de alrededor, produciendo una fuerte turbulencia que extiende el fuego.”

En la Naturaleza no hay vuelta atrás, queda poco suelo, y hay demasiada semilla foránea. Pero hay que seguir, hay que seguir reforestando, pero ¿de otra forma?

Decía Hoceja, que “nadie devolvía a la tierra lo que a la tierra le quitaba”.

No afirmo, sólo pregunto: ¿No habrá llegado la hora ya de hacer las cosas de otra manera?