Dos escritores

Lo único que importa es escribir bien, pienso, mientras leo en días consecutivos a Rafael Sánchez Ferlosio y a Mario Vargas Llosa.

Ambos han publicado recientemente en El País dos magníficos artículos sobre los toros, esos artículos que son como la hierba silvestre que sobrevive en la cuneta o el pájaro carpintero que no se ha marchado aunque llegaran las urracas, quiero decir que agradezco muchísimo encontrar todavía en un periódico a alguien que está pensando en otras cosas y que, además, lo escribe.

Casualmente me presentaron a los dos, en distintos años pero en el mismo lugar de la Casa de ABC con motivo de la entrega de los premios Mariano de Cavia. Con Rafael Sánchez Ferlosio pude hablar un buen rato porque llegué pronto al salón y sólo estaban los galardonados, que son los que llegan más temprano, y como él era uno de ellos, charlamos del somormujo y de si se podía decir somormujarse, que es sumergirse a la manera en la que lo hace el somormujo, varios minutos, tantos, que cuando desaparece a lo peor ya no vuelves a verlo aunque todavía quede la estela en el pensamiento, tan recta, tan perfecta, tan de saber hacia dónde va que traza cuando se mueve como si patinara por la tabla del agua.

A Mario Vargas Llosa me lo presentó Valentín García Yebra, q.e.p.d., y con paciencia nos escuchó hablar de carrizas y de vencejos, y si mal no recuerdo nos dijo Vargas Llosa , como para disculparse, que él era más de ciudad que de campo, que veía una vaca y se asustaba, lo cual me dejó pensando puesto que tengo mi casa en una zona ganadera. No hay toros, pero hay vacas. De todos los colores. Un día saqué una foto de las vacas en el campo de al lado y parecía un muestrario. Cuando tengo una comida, he de pedir a mis vecinos que no echen el zurro, el abono, para que no huela mal el campo, y las moscas, qué voy a contar de las moscas… las vacas, sí, son como para asustarse. Aunque la ciudad también tiene sus monstruos del infierno que son los coches cuyos humos respiramos los conductores y los no conductores en un agravio comparativo con los no fumadores, quienes han logrado unos derechos que se nos niegan a los peatones. Pero no es de eso de lo que yo quería escribir, sino de los toros. De mi punto de vista entre dos grandes escritores, porque he visto cómo llevan los terneros al matadero, oído cómo chillan los cerdos con la matanza y porque he probado la carne fresca, es decir todavía tibia, caliente, de la vida recién quitada.

No tengo claro qué diría yo si me preguntaran por los toros porque quedan ya muy pocos lazos de unión entre la ciudad y el campo. Por eso quizás los toros sean necesarios, aunque sólo sea para ver cómo bajan los vencejos a comer en vuelo los insectos que trajeron los toros del campo, por observar algo que viene de la dehesa y que no sea el filete en el plato, la carne picada en la hamburguesa, o en el mesón el jamón colgado. Somos carnívoros y eso ya lo vieron los misioneros que con la ganadería erradicaron el canibalismo. Según se dice en un libro que me regaló mi tío Federico titulado “Aportacion de los colonizadores españoles a la prosperidad de América”: “Las primeras parejas para la reproducción de animales de carga y de trabajo, caballos, asnos, bueyes y mulos, fueron llevados a las Antillas en el segundo viaje de Cristóbal Colón, casi tan memorable como el primero, pues si éste hizo surgir un mundo nuevo de entre las brumas de lo desconocido, el segundo viaje inició la existencia de ese mundo a nueva vida civilizada.”

Pero, por otro lado, cómo no voy a entender que es cruel matar a un animal en la plaza, pero antes, creo yo, hay que preocuparse por todas las crueldades que a nuestro alrededor se dan cada día que por un animal que ha nacido para morir al menos dentro de un arte, y no como mueren los terneros, de la cuadra al matadero, sin haber pisado jamás el pasto.

Cuando viví en Anchorage, Alaska, asistí a los efectos de la prohibición que se les impuso a los esquimales para que no cazaran ballenas. Se bebían el subsidio, y estaban borrachos por las calles. Ya no es sólo que se perdiera una cultura, un punto de enlace entre la Humanidad y la Naturaleza, es que, si seguimos por este camino, ya no quedará nadie que sepa qué es el campo, o que hable su lenguaje. Tras llevarnos por delante a los toros y a los toreros de las plazas, sacaremos del mar a los marineros, hasta que todo sea granja de gallinas a las que se les enciende la luz para que pongan más huevos. Horroroso artificio civilizado, pacífico y puro.

Dos escritores que no están de acuerdo en los toros, nos han dejado pensando. Y ¿qué campo hay más grande que el pensamiento?

“No hay que dejar nada en lo que es”, decía Ramón Gómez de la Serna, y eso es lo que han hecho con sus artículos sobre los toros Rafael Sánchez Ferlosio y Mario Vargas Llosa.

Escribir bien es lo único que importa.