Una pareja

Una pareja joven salió de su coche todoterreno granate y puso dos sillas verdes sobre las piedras, brillantes de escamas, del muelle.

Pasábamos por allí de casualidad remolcando a un motorista de agua que se había quedado parado en mitad de la ría, y que con un silbato y haciendo aspas con los brazos había llamado nuestra atención para que le auxiliáramos. Tuvo suerte de que le oyéramos. Hacía frío.

Nos pidió que le dejáramos en la rampa del muelle pesquero donde hay, como en un cuadro de Pollock, brochazos de pintura de todos los colores porque es allí donde pintan los botes al sol los marineros.

A tres nudos, que es la velocidad a la que se navega como máximo en el puerto, de pronto va apareciendo el mundo a cámara lenta, es como un silencioso regreso a la realidad, una suerte de despresurización después de haber pasado en el mar todo el día con el pensamiento en blanco, alejado de la tierra y sus problemas.

Cuando se divisa el espigón, el sol ya, muy bajo, te da de frente y hace una sábana de luz que clarea el agua. También la luz de la luna cae al anochecer sobre el puerto, donde ya han encendido las luces a las que acuden los calamares porque son fototrópicos. Hace años, se veían las barcas con grandes focos pescando de noche porque esas luces atraían a los chipirones como las velas encendidas a las mariposas nocturnas. Luego, creo, lo prohibieron, y toda la luz permitida es la fosforescente y fría de los aparejos, esa suerte de corona de pinchos llamada potera que orla un plomo con una cinta coloreada en rojo, verde, amarillo, siempre de un tono brillante para que se vea en el fondo que es por donde andan los calamares, excepto si hay alguna luz flotando sobre la superficie.

Por eso está en el muelle el ejército de pescadores esperando que el cielo se apague y las farolas se enciendan. Mejor aún que el marisco, son estos primeros calamares de la ría que en cuanto sacas del agua te lanzan un chorro de tinta como una firma, un luto anticipado por la inminente pérdida de su vida. De ahí que me llamara la atención esta pareja, con ropa tan buena para estar pescando.

Al motorista le dejamos en la rampa, y despacio volvimos a pasar por delante de ellos. Me quedé mirándoles. Yo aún recuerdo cuando me contaban que por aquí había quien salía a cazar conejos para la cena. Todavía hoy se va a matar un pollo del corral para cenar esa noche. Pero todo tiene una estética que se corresponde con lo que sucede. El que sale a cazar parece un cazador. La dueña del corral tiene pinta de dueña de corral que corta sin miramientos el cuello al pollo. Pero ya empiezan a desdibujarse las cosas.

Comienza quizás a ser corriente que se pongan con la caña los que nunca antes lo habían hecho, en esta repentina pobreza, todavía con el aspecto de una vida que fuera próspera, buscando en el mar algo para la cena.