El Vadancho

Llegamos al atardecer bajo una nube de canasteras y abejarucos.

Los postes de teléfono tenían sobre los cables cernícalos que miraban al suelo, un cernícalo cada dos postes, repartidos como las frases de una conversación.

Había en el paisaje una de esas luces en la que todo se ve justo antes de volverse oscuro con unos matices que no da la luz del día, y con esa luz entramos en una casa rojiza como el cielo.

La cena ya casi estaba lista cuando Pedro, descendiente de los Escudero, de “la estirpe de aquellos que armaron las lagunas de Daimiel para Alfonso XII”, me ofreció navegar por el humedal antes de que se hiciera de noche con una embarcación valenciana, una suerte de bote pintado de verde con poca obra viva para flotar cuando casi no hay agua, y avanzando con una pértiga haciendo fuerza Pedro sobre un fondo que no es firme y donde dejan sus huellas, bajo el agua, las garzas, nos adentramos en un espacio para mí desconocido.

Los carrizos aparecían desde la valenciana incendiados por el sol que se ponía y todas las aves que salían a nuestro paso, siendo blancas y negras como las cigüeñas, parecían rosadas como flamencos de tal manera que tenías que mirar dos veces, incluso siendo una cigüeña negra la que volaba, porque también hay flamencos en estas aguas, tan salobres que las orillas son blancas y brillan de cristales.

También de plumas caídas, porque ahora en verano están los patos con la mancada y entre las eneas y las masiegas se escondían, incapaces de volar, los patos colorados en eclipse, los mancones, como los llama Pedro. Al fondo, por el pasillo de agua que es una tabla que hace de espejo para el cielo, divisamos un somormujo que se somormujó bajo el agua y desapareció durante varios minutos. Una libélula azul, como un delfín nos acompañaba, iba y venía hacia la proa como para decir: “venga, venga, que hay mucho que ver todavía”. De una isla que es un bosque de tarayes, esos árboles que tienen hojas como escamas, y ya me cuenta Pedro, hay taray macho y hay taray hembra, de ese bosque de sal que es como un milagro, salen en bandada volando pesadamente los avetoros que a esta luz se ven azules y anaranjados. Es como si hubiéramos sorprendido a todas las aves a punto de dormirse, aunque de aquí y de allí se oyen aleteos de azulones que se van a comer el grano durante la noche a los campos de cereales donde, si se quema un rastrojo aún les gusta más el grano tostado, hasta tal punto que se cubre a oscuras la tierra quemada de plumaje y de parpar de patos que no regresan hasta el amanecer, como si se lo ordenara el sol, al agua.

Esta agua por la que hasta la vegetación tiene querencia y la cierra con un amor que mata, y hay que abrir pasillos y claros al cielo para que no se beban todo el humedal. Entre los carrizos se ven pájaros carriceros dorados que se posan y se columpian en la misma dirección de las espigas, mientras el sol se pone, rojo, ámbar, negro, entre ellos. Todo parece un sueño que en cualquier momento despertará al mundo como un agua que se ha secado.

El Vadancho es un arca de Noé donde lo que quieren las especies es la lluvia, el agua de su río, el Cigüela, y con ella sueñan todos los días cigüeñuelas, avocetas, garzas blancas, grises e imperiales, águilas pescadoras, flamencos, avetoros, zampullines, agujas colinegras, aves pelecaniformes rarísimas de ver como el Ibis o Morito Común, y hasta fumareles cariblancos.

Hay un algo marino en Vadancho. Olor a salitre y a salino. Olor a principio de la vida.

Se hizo de noche y en ningún otro lugar, como si también el firmamento tuviera sal, he visto más estrellas.