Helicópteros

Tengo la casa que quisiera tener un corresponsal.

Desde mi ventana casi puedo alcanzar a distinguir a la tripulación del helicóptero que vuela quieto entre los vencejos, suspendido como un colibrí, como un cernícalo en los brazos del viento. Es un ruido que conozco muy bien por los incendios, asociado siempre en mi memoria con algo grave, inusual, que no tendría que estar pasando. Oigo el helicóptero y ya sé que, otra vez, está la calle ardiendo.

Y a pesar de su sonido, ensordecedor con la ventana abierta, consigo escuchar, no sé cómo, los gritos de las personas protestando. Hay veces como ayer en las que todavía no he llegado a casa y entonces el conductor del autobús nos dice ya en la Gran Vía que no puede avanzar más y bajas andando por la noche. Las calles entonces, al estar cortadas, se quedan vacías y te preguntas por qué la ciudad no será siempre así, que incluso la terraza del Círculo de Bellas Artes se diría que está de noche a la orilla del mar en vez de a la orilla del asfalto.

El tráfico es una manera de borrarlo todo porque oculta la belleza de los edificios, como si con el tráfago no viéramos nada más que el coche de delante, pero al desaparecer por completo el ruido, ese tosco saco que todo lo tapa, conseguimos contemplar por vez primera la ciudad desnuda, vacía, llena de las personas que han decidido manifestar lo que piensan. La verdad es que no sé adónde nos llevará todo esto. Pero nada es igual, ni siquiera la ciudad que de un segundo a otro se convierte en un pueblo. De pronto nos damos cuenta de que los monumentos están sobre la tierra donde pastaron las ovejas.

Anoche, además, subían por la Gran Vía unas mariposas en enjambre hacia la plaza de España, una suerte de diminutas polillas que brillaban como si sus alas tuvieran iridiscencia, puntos de luz como copos de nieve que en vez de caer a la tierra, subían y bajaban alegremente, ajenos a nuestras preocupaciones que ellas con vivir, o con volar calle arriba, ya tienen suficiente.

Hay muchísima Naturaleza inmiscuida en la ciudad o más bien es que ya estaba y sobrevive como puede esperando volver de lleno algún día, una lagartija en la terraza, abejas que suben hasta el quinto piso, plantas crasas florecidas de blanco sobre el tejado, y en los monumentos más emblemáticos, hierbas que se han encaramado con las palomas sobre la piedra. Son las rendijas por las que la vida se asoma, acostumbrada a seguir viviendo sobre toda suerte de desgracias, que incluso tras los incendios aparecen luego los pájaros carpinteros a extraer las orugas de los troncos, y ellos que son amarillos y rojos y verdes, se posan con naturalidad sobre lo más negro.

De Canarias estamos deseando que los incendios terminen y el pinzón azul, para el que Bernis recolectó de la voz de los canarios el nombre de cumbrero, ese pájaro que no es de color azul sino de un gris ceniza, azulado por los reflejos del sol, y con un pico que parece de plomo, vuelva al pinar a extraer los piñones de pino canario, ese pino que habla con el viento, para sembrarlo sobre su propia tierra.

De momento, el ruido del helicóptero es lo que por un cielo ahumado y rojo, sobrevuela el espanto de esta tarde.