El viaje

La gente que viaja en autobús de línea sigue siendo la misma.

Es verdad que hay cambios, el propio autobús es más alto y lleva unos retrovisores grandes como orejas de elefante, pero el conductor conserva el mismo aire cansado y cuando le preguntas le cuesta unos segundos contestar como si su respuesta estuviera a la distancia de los kilómetros que lleva encima.

También es verdad que hace calor y la soterrada terminal de autobuses es como un infierno negro donde toda la polución se fue depositando en las paredes como la mejilla de los mejillones sobre las rocas hasta hacer del conglomerado blanco una costra negra en los pasillos por donde los autobuses salen al aire de la ciudad que jamás te pareció tan claro, tan azul y tan limpio. Todos vamos ya sentados con el cinturón de seguridad: el señor que subió con un jamón serrano amortajado llevándolo en brazos como si fuera un niño, la señora a la que le asoman anudados al cuello los tirantes de un bikini azul, el hombre con la mirada perdida y la piel morena con, más que arrugas, cárcavas de la escorrentía del tiempo.

Me duermo un par de horas y al despertarme estoy ya en el campo, recién segados los cereales, con los primeros álamos desperdigados muy verdes para que el cereal parezca todavía más claro. Luego vendrán los pueblecitos que es lo que más me gusta mirar desde el autobús, las calles de cemento barridas, los caballos abrevando en la fuente, los balcones con tantas flores como si fueran a un concurso o para que digan los viajeros al pasar, que lo dicen, “mira cómo tienen el balcón en esa casa”.

Siempre pensamos que debe ser una mujer la que cultiva con tanto esmero flores y miradas y comentarios, pero veo al pasar a un señor con mono azul en un balcón fumigando los geranios. Puede que su mujer se lo pidiera. Mientras, una furgoneta abierta enseña su carga de huevos entre cartones para llevar a una tienda donde se venden en hatillos los sarmientos con los que se asarán las chuletillas de cordero.

A las añosas y retorcidas cepas se les nota que les empiezan a pesar ya los pámpanos porque se curvan los sarmientos del año haciendo un arco. Da una luz el viñedo que parece no haber estado jamás sobre el paisaje. La misma luz siempre nueva. Es la luz del verano en La Rioja, el cielo muy azul por el día, y blanco de estrellas de noche.

El aire por aquí es muy seco porque el agua no está en el cielo sino bajo la tierra, o en las copas de los chopos, o en las hojas de sus hortalizas, o corriendo por unos ríos donde los pescadores con botas hasta la cintura pescan truchas a mosca para cenar quizás esa noche.

Mirar desde la ventanilla del autobús esas huertas, los viñedos, los campos segados orlados de yezgo, los montes azules al fondo tras los campanarios de los pueblos, es también una forma de alimentarse.