Sin coche

Durante el partido estuvo la calle desierta pero en cuanto finalizó se llenó la plaza de coches con banderas.

Luego la policía cortó el tráfico en Alcalá para que cupiera más gente porque se ha calculado lo que puede contaminar un automóvil pero todavía, que yo sepa, no el espacio que ocupa en la calzada, cuántas personas pueden llegar a caber en una calle si no van en coche.

Yo llevo, no sé, quizás treinta años conduciendo y en los últimos tiempos he hecho más kilómetros que en los primeros porque vivir en el campo conlleva una terrible contradicción y es que por un lado quieres estar alejado de todo y por otro no haces más que moverte en coche para acercarte a ese todo sin el que no puedes vivir.

Quiero decir que hasta para comprar el periódico y el pan he tenido que ir en coche, incluso para ir al banco, al supermercado, o a mirar algo de ropa, aunque a la vez tuviera lo que más quería en frente, que era la vista del valle. Qué precio más alto pagamos por ello. No soy muy distinta de mi generación que quizás, no se fue a vivir tan en la aldea como yo, pero sí puso kilómetros de por medio entre la casa de sus padres y la suya por tener un poco de jardín, y un seto donde anidaran los mirlos en primavera. Algún día tendremos que echar la cuenta, incluso ambientalmente, de lo que nos ha costado este nuevo modo de vivir que ha arruinado el singular comercio de las calles a favor de superficies comerciales grandes, enormes, que son iguales en todas partes. Por no hablar de la superficie arrasada, pisoteada por casas que construidas en horizontal han esquilmado lugares que a lo mejor no eran más que campos de cereal, pero donde seguro llegaba también la codorniz a cantar cada verano buen-pan-hay.

Mientras tanto, hemos dejado las calles donde vivían nuestros padres desiertas de niños y poco a poco se han tornado grises, los comercios más tristes, el barrio por la noche más vacío. Hemos entregado la ciudad no se sabe a quién ni para qué pero al volver nos damos cuenta del error cometido.

No quiere esto decir que me arrepienta de lo vivido. Si de algo estoy orgullosa es del lugar donde crié a mis hijos. Les he dado raíces sobre sus raíces. Y esto ya empiezan ellos a agradecerlo: poder ir por el mundo sabiendo que hay un lugar al que pueden volver siempre.

Pero como soy yo ahora la que regresa a la ciudad, me he venido al mismísimo centro, donde todo, hasta las celebraciones por la victoria del fútbol, sucede, y me he negado a tener coche, a ocupar en la calle más espacio que el de mi sombra, y claro, como todas las cincuentonas, voy en bicicleta a la compra, y ahora mismo me marcho a coger un autobús de peregrinos que me lleva al pueblo de veraneo de mis padres.

Lo que me encuentre en ese autobús, lo contaré a mi regreso.