El lazo verde

Llevan dos días recolectando la hierba. Primero pasan con una suerte de trilladora que da vueltas y queda la hierba encamada pero no por la lluvia o el viento sino porque se ha quedado cortada en remolinos por el suelo. Luego viene una máquina y hace unos rollos con esta hierba, rulos les llaman por aquí, que luego quedan en el campo y que a mí me parece que adornan el paisaje, siempre y cuando no les pongan un plástico alrededor, dicen que es para protegerlo, pero en el fondo pienso que lo estropea, no sólo estéticamente, porque el plástico es blanco, incluso negro, sino porque la hierba respira peor y acaba, estoy segura, fermentando.

Es precioso además cuando acaban el trabajo y es ya por la tarde y la última luz del día, ésa que nos alcanza sorteando todas las espirales del universo, da justo sobre esta hierba que da vueltas sobre sí misma. Además del ir y venir de los tractores que a mí me encanta porque rompen el silencio de una manera continuada que no molesta, también los vencejos acuden a la siega, y con sus alas con forma de hoz bajan sobre el mar de hierba tumbada para capturar en vuelo todos esos insectos de saldo que salen despedidos con esta labor de la tarde de verano. Hay una luz además dorada, como de mies en sazón, que hace que todo parezca valer más que otros días porque la mejor luz del sol está tocando, como si fuera el baño de un metal precioso, todo lo que ilumina.

Pienso en todos esos lazos verdes de papel que están colgados ahora mismo en muchos pueblos donde también siegan en esta semana en la que los padres recogen a sus niños en las escuelas rurales sabiendo que no volverán el año que viene porque la escuela habrá cerrado, no por falta de niños, sino por falta de dinero, cuando la riqueza ¿quién podrá traerla a esos pueblos si no son estos niños de las escuelas?

Si ya se fueron despoblando los lugares pequeños, ¿qué será de ellos? Irán poco a poco desapareciendo de las ventanas los geranios y lo que eran campos de labor donde se trillaba en verano, estarán cubiertos de flores de todas las especies, como en un cementerio serán las flores más solitarias del mundo porque no habrá un niño para soplar las semillas del diente de león y lanzarlas al aire.

Entre tanta crisis y tanto mercado se no está olvidando la realidad de la vida en los más pequeños lugares que son el granero de las grandes ciudades. Lo único que le faltaba ya al campo es que cerraran las escuelas rurales. Por los pueblos, al pasar este verano, se verán los lazos verdes con los que los padres, desesperados, las reclaman, lazos que son crespones por la tierra sin niños, sin alegría, sin canciones, sin recreos, sin escuela y sin futuro.

Nunca parecieron más tristes las amapolas.