La cara de Ségolène

Lo dice todo la cara de la señora Royal.

Esa boca que habla con los labios cerrados, el ceño fruncido sin una arruga, los ojos con la profundidad de quien de pronto, lo ha visto todo.

No comprendo bien la política francesa, pero en La Rochelle, estuve hace poco y tiene que ser clarificador recibir un golpe de ese calibre frente al océano. Trágame mar, debe de haber pensado.

En una entrevista que leí este fin de semana se atisbaba un cierto resentimiento de esta mujer hacia los hombres, los elefantes de su partido, como si le hubieran puesto trabas, pero le quedaba saber lo peor del machismo, que son las otras mujeres. Un amigo mío sostiene que en cualquier reunión siempre hay alguna mujer que pretende ser el centro, y da una expresión para ello tan soez que no voy a reproducirla, pero la verdad es que acierta porque desde que se lo oí comentar busco a la mujer que intenta copar la atención y que no va contra los hombres, sino casi a muerte contra las otras mujeres. A Ségolène Royal, lo que le ha derrotado no son las urnas, sino el trabajo soterrado de una dama que no sólo quiere ser la primera, sino la única.

Así como se da en la Naturaleza una clara rivalidad machista por el favor de la hembra, no recuerdo haber estudiado nada parecido entre las hembras por hacerse con el centro de la atención de su grupo. Trato de pensar, entre las aves o los mamíferos, y al contrario, lo que se ven son hembras que van juntas, matriarcados que se arropan, como las hembras de los cérvidos; o los machos de los ánades, cuando cambian las plumas, ahora con la mancada todos juntos, los machos en eclipse, dejando a las hembras solas con la prole.

Lo último que he leído es que Ségolène Royal no se da por vencida. Que considera La Rochelle su punto de partida. Y esto quizás sea su final definitivo. Cuando sucede una derrota de este calibre, siempre desconfío de quien de pronto quiere ponerse en marcha saltándose el duelo, el luto. Ante un sonoro fracaso no cabe más que agachar la cabeza, retirarse y esperar. Cualquier decisión tomada antes de tiempo, será una pérdida de tiempo.

La miro y no sé por qué siento una pena que no va conmigo. Quizás porque también nació en África, en su caso en Senegal, donde venden el pescado por el suelo, cubierto de un cielo de moscas, y donde hay un lago rosa en el que las plumas de los flamencos empalidecen, y el sol brilla en cada cristal de sal y en cada sonrisa de la mujer negra con la fruta en la cesta sobre la cabeza y con todo el colorido en su ropa. Esa sonrisa franca de la mujer primigenia. ¿Qué ha sido de nosotras? Tanta formación y cultura para llegar a esto.

Lo que le ha ocurrido a Ségolène Royal ha puesto de manifiesto una evolución de la mujer hacia lo peor de sí misma.