El coleccionista

No sé cuántas veces habré pasado por delante de su casa sin saber que era su casa.

Puede que ni siquiera me fijara en el jardín ya que queda en una de esas calles que da a una curva ancha por donde los coches toman velocidad y no da tiempo a mirar la copa de los árboles que asoman tras una tapia donde hay un jardín inesperado, el jardín florido del “Parque Florido” de José Lázaro Galdiano.

Todo lo que él editó y que se editaba en español por vez primera, de Flaubert a Tolstoi entre otros, o de autores españoles como Unamuno, Clarín o Pardo Bazán, en una editorial llamada “La España Moderna” que también daba título a una revista y que tenía junto a su casa como si necesitara dormir cerca de ella, me gusta; libros que pude ver el otro día tras una vitrina, con un vestido azul tinta. Ya la tarde anterior, con motivo de unas conferencias, accedí por vez primera a esta estancia de la editorial donde se expone la sección del tronco cortado a matarrasa del gran haya roja que competía en altura con la torre y de la que una señora muy amable, como por lo bajini, me vino a decir que no murió de vieja sino por la reforma del palacio y del jardín.

Es bueno ver los lugares cuidados, y el cuidado de esta fundación es exquisito, pero yo echo en falta lo que tienen ésos a los que jamás les faltó nada, y es esa falta de necesidad de arreglarlo todo, esa cierta elegancia un poco decadente que se pierde cuando reformamos las cosas. Los árboles antiguos, además, son como los ancianos en los que nos vamos convirtiendo y las raíces asoman como las venas en las manos de tal manera que todo movimiento a su alrededor resulta fatal porque, como un iceberg, un árbol no es sólo lo que vemos, ya que una parte de su reflejo sobre el mundo está bajo la tierra.

De todas formas, además de otras hayas recién plantadas que jamás sustituirán a la que hubo, hay un gran tilo que lanza sus flores al aire cada vez que pasa el viento como si echara en falta las manos que pelan la tila en junio. Todo el jardín, es hermosísimo, lleno de curvas y de escaleras originales, y luego caminos y bancos y acantos florecidos y unos cedros de los que caen a la arena las acículas del año pasado. La colección de arte es interminable y destaca Goya por encima de todos, con sus “Caprichos”.

Poco se yo de la vida de este hombre, perfeccionista, amante del arte y de la belleza. Casó en 1903 con Paula Florido, una acaudalada argentina tres veces viuda, madre de tres hijos y amante también del coleccionismo. Fue reconocido José Lázaro Galdiano pero quizás no tanto como hubiera merecido. Sus colaboradores en la revista, a veces se enfadaban con él, como sus arquitectos, porque este coleccionista más que tener la belleza quería también, quizás, poder hacerla como un artista y por ello intervenía y con él se disgustaban los que por encima de todo necesitan la libertad y la soledad para dar algo a la imprenta.

Como escribió Lázaro a Clarín el 25 de marzo de 1889: “Tengo más que entusiasmo delirio por las letras”.

Tuvo además, una de la más hermosas casas que se pueden visitar hoy en Madrid, un verdadero palacio lleno de obras de arte y de libros únicos.

Cómo he podido pasar tantas veces por ahí sin haber entrado.