Llegó el verano

Al anochecer se tumban los gamos entre la avena cernida por esa brisa que sopla como un suspiro cuando acaba el día.

Si pasas despacio por el camino, sin detener el coche, ni siquiera se levanta la manada y se ven, como si fueran las ramas de algún tronco caído, recubiertas del más blando de los terciopelos, las cuernas de los gamos jóvenes todavía sin descorrear entre las gramíneas.

A esta hora recuerdan los gamos a esos señores que salen a tomar la fresca en las calles donde, me contaron hace unos días, en los pueblos de Murcia era costumbre ponerse un pijama que llamaban “pijama de paseo” para sentarse en la puerta de casa mientras las mujeres refrescaban con agua las calles. También en la dehesa, se diría que salen los animales a tomar el fresco, a sentarse a ver cómo va cayendo el sol mientras sube la luna por la oscuridad del cielo.

Llega un momento en el que, molestos por tu presencia, se levantan con desgana los gamos y en vez de mirarte de frente, se vuelven enseñando los cuartos traseros, blancos como la luna pero con una línea negra acorazonada que parte el escudo en dos gajos parecidos a los que quedan en miniatura en el barro con su huella, también dos lunas, creciente y menguante enfrentadas.

Pero si por casualidad paseando ya de día a pleno sol te encuentras a la hembra parida, sale corriendo para no revelar el escondite de su cría, y se te queda mirando de frente, directamente a los ojos, con las orejas muy abiertas y el cuerpo todavía hinchado, de tal manera que traza una figura bajo la sombra de la encina que es como la de un árbol con solo dos cortas ramas y un tronco abultado. Pueden pasar varios minutos y seguir así de quieta, pensando en darle quizás tiempo a su gabato para que huya o para que se pegue contra el suelo y no se mueva. Te sorprende que incluso puedas dispararle fotos como si estuviera dispuesta a dejarse matar con tal de salvar a su “gamino”, que es como he escuchado llamar por aquí a la cría del gamo.

Quedan ya en la dehesa pocas flores, algunas esféricas y malvas que recuerdan a la flor de la cebolla y que, al cortarla, huele a ajo, y que se yergue sobre las amapolas en los bordes de las fincas donde la cosechadora no llega quizás por no apurar más de la cuenta, o por dejarle a las flores silvestres que vivan como hacen mis vecinos con la vendimia cuando Eliseo dice: “Bueno, ya está bien, vamos a dejarle algo a los pájaros”.

Está todo tan seco que allí donde hay un poco de agua, la vida se concentra, garcetas, fochas, garzas, y una abundancia de conejos que no recordaba. Incluso en las piscinas, se ven nadar las ranas haciéndose las muertas para que se les acerquen los insectos que son los que, a falta de flores, colorean hoy el campo: escarabajos negros con pintas azules, mariposas grises con los bordes anaranjados.

Hay rabilargos en las encinas, jilgueros en los cipreses, alondras en los caminos.

Se agostó la dehesa, llegó el verano.